Tú siempre haces las cosas bien. Te gusta hacerlo todo bien te acostumbraron así, de hecho. Desde niño aprendiste que las cosas no se dejan a medias, ni se hacen mal, ni de mala gana. Se hacen bien, con ánimo, y se llega hasta el final, por lejos que parezca la meta y tortuoso el camino. De pequeño te dijeron que si hacías las cosas bien, la vida te respondería de la misma forma. Porque la vida te da lo que recibes. O eso te contaron.
Pero hoy tienes un problema. Hoy, sigues haciendo las cosas bien, pero la vida -los demás- no responden como tú esperabas. Y tú esperabas que reaccionaran bien, o al menos, dentro de lo que a ti te explicaron que estaba bien. Pero no es así. Hoy, te has dado cuenta de que la balanza no siempre se tuerce hacia el lado acertado. Hoy, has comprobado que la justicia es ciega, y has observado con amargura que las reacciones humanas no solo son previsibles en un sentido negativo, sino también irracionales. Has entendido que la vida -los demás- responden con frecuencia como tú desearías que no lo hicieran, porque no entiendes que alguien actúe como precisamente acaba de actuar. A ti te enseñaron a hacerlo bien, y sigues empeñado en ello. ¿Deberías abandonar quizás las viejas creencias?
No. La vida -los demás- no responden como a ti te gustaría. Y qué. Qué más da. Lo importante para ti es hacer las cosas bien, tienes la conciencia tranquila, ¿puede la vida -los demás- decir acaso lo mismo? Al fin y al cabo, quizás sea verdad que la vida te da lo que recibes. Lo piensas mejor y te das cuenta de que cuando la vida -los demás- te decepciona, siempre hay una excepción. Y eso es, precisamente, lo que te da la vida, y no los demás.

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