lunes, 12 de julio de 2010

L'art de no dir res

No parlis per mi. Mira que t'ho he dit i repetit vegades: no parlis per mi. Però tu a la teva, no fas mai cas de ningú. Parles per mi quan estem sols i quan estem davant de tothom. Que si no m'agrada això, que si preferiria allò altre. Que si estic cansat, que si he tingut un disgust a la feina. Ho veus, t'ho dic i t'ho repeteixo, que parles per mi. Que si estic trist, o massa callat, que si no vull acompanyar-te, que si més m'estimo quedar-me a casa o quedar amb els meus amics. T'ho torno a dir, que les paraules són teves, que tu amb prou feines em deixes obrir boca, perquè t'encanta parlar per mi. Com si dugués les paraules escrites al front, o com si les llegissis del cervell abans que jo mateix pugués desxifrar-les. 

T'agrada parlar per mi, et sents millor, no és cap secret. Al cap i a la fi, creus que en saps més que no pas jo, de parlar. Que tu trobes les millors paraules en el moment exacte. Com si a la resta li molestés que jo m'expressi. Quina sort que vaig fer en trobar-te. La veritat és que no esperava que fessis tant per mi. Que em treguéssis les paraules de la boca i les poséssis a la teva. Ets un tresor. No sé com he pogut dir mal de la teva mania, o millor dit, bona costum, de parlar per mi. 

Per tot això que fas per mi, voldria donar-te les gràcies. Voldria dir-te que t'estic molt agraït, perquè em treus un pes de sobre, que mai m'ha agradat parlar i que trobo més aviat molest el fet d'haver d'encarar-me verbalment a d'altres persones. Voldria donar-te les gràcies per no fer-me gastar saliva, per deixar que les nostres coneixences pensin que no em valc per mi mateix, que sense tu estic perdut, que sort en tinc d'haver-ne trobat una com tu, que em treu les castanyes del foc. Voldria donar-te les gràcies per tot això i molt més. Però saps què, m'he acostumat a no dir res, ni hola, ni adéu siau, ni si us plau. Ni gràcies. Per res.

martes, 6 de julio de 2010

La vida no es de color de rosa

Holly no se tiende en pie. Le duele la cabeza, siente los pómulos y a nariz hinchados, le duele la garganta cada vez que traga saliva. Ha sido un día duro, como tantos otros. La vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. Se siente apagada bajo el cielo gris, el calor y la humedad la aprietan demasiado. Tiene todas las ventanas abiertas, pero el aire le sigue pareciendo poco. Se pregunta si le pasará algo grave. La soledad es traicionera y nos regala pensamientos oscuros. En el fondo, Holly sabe que no tiene nada, que son síntomas absolutamente normales después de un día trabajando bajo el sol. Le gusta lo que hace, pues se adapta bastante bien y siempre encuentra algo donde agarrarse para justificar sus actividades. Sus síntomas son absolutamente normales de una persona a la que le gustaría hacer cosas diferentes a las que se encuentra haciendo. Pero la vida no es de color de rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. 

Se siente cansada, agotada, con ganas de tumbarse y no levantarse en dos días seguidos.  De perrear sin parar. Sin embargo, no puede. Su propia fatiga se lo impide. Algo en Holly sigue a la expectativa, un algo listo para reaccionar, para saltar en cualquier momento. Este algo la agota. Es un círculo vicioso, pues su cansancio le impide descansar, su cansancio la mantiene en estado de alerta. Es agotador. Pero la vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. 
Piensa en mañana, en pasado, en el otro. Días y días de actividad, del mismo cansancio que no le deja levantar cabeza. Piensa en cómo le gustaría quedarse en la cama cuando suena el despertador. Y por qué no, en qué placer le resultaría tirar el despertador por el balcón, para que no sonara nunca más. Piensa en lo cansada, agotada, exprimida y desvalida que estará por la tarde noche. En cómo quisiera salir a airearse, pero es que hasta su alma le pesa. En cómo añora encontrarse con sus amigos y charlar durante horas sobre la vida misma, que no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.

Holly se da cuenta de que a pesar de su estado, hay algo que la mantiene viva. Algo en ella la impulsa a levantarse cada día y a salir a delante, a pesar de que sabe perfectamente que después lo lamentará. Cada día le aguarda un regalo, por pequeño que sea. A veces es una sonrisa. Otras es un abrazo. Otros días son unas risas en buena compañía. A veces le basta con que salga el sol. Pero lo mejor es conversar. Tiene un buen interlocutor. Puede pasar horas y horas contándole banalidades, contándole qué tal fue su día, explicándole anécdotas que ya le ha explicado otras veces. Pero su buen interlocutor la escucha y se ríe cada vez como si fuera la primera vez. Porque le gusta Holly. Y a Holly le gusta su buen interlocutor. Le quita el cansancio, el dolor de cabeza, la nube gris sobre su cabeza. Y es que en este mundo, no hay nada como un buen interlocutor. Así la vida es un poco más rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.

lunes, 5 de julio de 2010

El olor de una carta

Holly entra en el portal de su casa. Pasa por delante del gran espejo que hay en la entrada, se mira de forma casi institiva en un acto casi reflejo. Se para delante de los buzones. Abre el suyo. No hay nada interesante para Holly Hübsch. Publicidad. Pocas veces recibe correspondencia. Pero cuando le llega una carta o una postal, siempre son interesantes. Las cartas, porque significa que alguien tiene algo importante que decirle. Que alguien, que pudiendo usar toda la tecnología disponible, prefiere confiar en el correo postal. Holly es de las que piensan que hay cosas que solamente pueden decirse por carta, como por ejemplo, los olores. Ella siempre perfuma sus cartas con olores diferentes, dependiendo de cómo se sienta aquel día. Vainilla, mandarina, pintauñas, madera, canela, camomila, jabón. Cada estado de ánimo tiene un olor. Las postales son interesantes porque significa que alguien ha pensado en ella en un lugar concreto del mundo. Le gusta pensar que alguien se acuerda de ella cuando está fuera de su casa. Significa que, sea del modo que sea, la echa de menos, y que le gustaría compartir un pedazo de este lugar especial con ella. 
Hoy Holly, al sacar  de su buzón los folletos de pizzerias, restaurantes hindús y cerrajeros exprés, no puede esconder una mueca de tristeza. Más que tristeza, quizás sea decepción. No sabe bien por qué, pues no conoce a nadie que ahora mismo esté de viaje y quiera acordarse de ella. Ni ha escrito cartas últimamente, así que tampoco espera respuestas. Sin embargo, cada día, cuando introduce la llave en el pequeño cerrajero del buzón, mantiene una pizca de esperanza. Quién sabe, a lo mejor alguien quiere sorprenderla. O decirle algo. O mandarle un olor.
Cierra su compartimento y levanta la vista. Hay una carta depositada encima de la caja de los buzones. La coge. No es para ella. No es para nadie de la escalera. Quizás para alguien que vivió allí hace tiempo. Holly no conoce el destinatario. Sin embargo, no es una carta interesante. No es de colores y no está escrita a mano. Es de un partido político, seguramente para algún afiliado. La deposita en el buzón del cartero y se da cuenta de que está abierto, de que no hace falta llave para introducir la mano. Curiosea el compartimento del cartero. Se pregunta si el cartero realmente abre su buzón y recoge las cartas desviadas para llevarlas a buen puerto. Hay algunos sobres dentro. Los saca lentamente. Son cartas no interesantes. No hay postales. Que decepción, esperaba encontrar algo que le alegrara el día. Pero, ¡espera! Entre un fajo de sobres rectangulares blancos con logotipos en el reverso y destinatarios con letras de ordenador, sobresale un sobre verde, más cuadrado que el resto. El nombre del destinatario, un hombre, está escrito en tinta azul, en letra redonda y perfectamente legible. Letra de mujer. Holly corrobora su afirmación al mirar el remitente. Mde. Lenaurd. Rue des Cotonniers, 36. Marseille. France.

Sin pensarlo, acerca el sobre a su nariz. ¡Sí! Justo lo que había pensado. Huele. No saber decir de qué proviene ese olor exactamente, pero sabe que es dulce, es suave, es rosa con un poco de verde. Coge la carta y la guarda en el bolso. Sabe que no está bien leer la correspondencia de otro, pero no ha podido resistirse. El olor de una carta determina su contenido. Al fin y al cabo, los olores se expresan en palabras.

M.

M., t'has equivocat de blog. Keep trying! ;-)

sábado, 3 de julio de 2010

Mañana tiraré mi móvil al retrete

Desde que empecé a tener móvil, y de esto hará ya unos 7 u 8 años, siempre he sido fiel a la misma compañía. Para evitar nombres, llamemos a esta multinacional -la más grande e influyente en telefonía móvil a nivel nacional- Compañía A. Pues bien, tuve mis primeras relaciones con la Compañía A mediante una tarjeta de prepago y un móvil atado a esa compañía. Ante la incomodidad de quedarme sin saldo en el momento menos oportuno, decidí cambiarme a contrato. Y así fue. En octubre de 2007 firmé un contrato con la Compañía A, con una tarifa reducida de las cinco de la tarde a las siete de la mañana y un móvil de regalo, también atado a la Compañía A, claro está. Sin olvidar, por supuesto, un consumo mínimo mensual de 9 euros que se me descontaría automáticamente fuese cual fuese mi consumo. Me fui a mi casa contenta con mi nueva ganga telefónica, con el contrato bajo el brazo y con la intención de leerlo con calma tumbada en el sofá. Al igual que el 98% de la población, no lo hice. No me leí la letra pequeña confiando en la buena voluntad de la Compañía A y su interés por prestarme el mejor servicio.

Pasaron los años y nunca cambié el contrato. Un día vi que mis facturas eran demasiado altas, pues llegó un momento en el que llamaba indistintamente por la mañana y por la tarde. Eso sí, con una diferencia de que por la mañana cada minuto costaba 30 ct más IVA, mientras que por la tarde se reducía a 8 ct el minuto más IVA (cabe decir que en la web de la Compañía A no se indica que las tarifas son sin IVA, ¡viva la información al consumidor!). Y yo me pregunto: ¿No tiene el mismo valor un minuto matutino de mi vida que un minuto por la tarde de mi misma vida?

Ya sea por vagancia, ya sea porque estaba viviendo en el extranjero, no me decidí a informarme sobre otras posibilidades más económicas. Hasta que un día vi que durante dos meses, la Compañía A me había cobrado el consumo mínimo de 9 euros MÁS mi consumo del mes, que no sobrepasó los 5 euros en ningún caso. Pensé que se trataba de un error, pues el consumo hecho debería formar parte de estos 9 euros. Llamé a atención al consumidor. Expliqué la situación. El operador, con malas maneras, me dijo que la Compañía A no cobraba nada que no debiese. Insistí. Me respondió que este consumo mínimo no se aplicaba a llamadas internacionales ni a mensajes, ni nacionales ni internacionales. Lo gracioso es que a mí nadie me informó de estas condiciones. El operador añadió brillantemente entonces que para solucionar el problema tenía que dirigirme al lugar donde había realizado el contrato. Bien, resulta que me encuentro a unos mil quilómetros de esa tienda. Contestó que él no podía hacer nada y que ésa era la única solución que podía darme. Muchas gracias, muy amable. Espero que la Compañía A le time también a usted y le pague, por ejemplo, un 50% menos. Lo deseo de todo corazón.

Hasta aquí hemos llegado. Dado que mi anterior móvil atado a la Compañía A duró lo poco que duró, decidí comprarme uno por mi cuenta, libre, porque la verdad es que el logotipo de la Compañía A en el dorso y en el reverso del aparatito me molestaba bastante. Pues bien, empecé a informarme de otras compañías e hice el salto a la Compañía B mediante lo que se llama una portabilidad, esto es, mantener el número de teléfono, pagando las tasas de gestión debidas. Al día siguiente de iniciar este proceso, la Compañía A me llamó cuatro veces hasta que cogí el teléfono. Querían saber por qué abandonaba dicha compañía, cuando ellos ofrecían las mejores tarifas en el mercado (mentira, cualquier persona en su sano juicio con un catálogo de compañías telefónicas en mano verá que es, precisamente, la más cara). Expliqué de nuevo mi odisea al operador, que no tenía muchas cualidades de operador, la verdad sea dicha, pues después de cada palabra seguía una pausa de unos tres segundos.

Entonces el mundo cambió de color y todo se transformó en rosa bajo el paraguas de la Compañía A. Me ofrecieron una tarifa plana de 8 ct minuto todo el día, me regalaban todos los móviles posibles,  prometieron aplicarme un descuento del 50% en todas las facturas durante un año, harían una excepción y me permitirían no computar consumo mínimo mensual (el operador reconoció que la Compañía A me había cobrado los 9 euros por la cara y quería ahora recompensarme). Me pareció grosero. Le pregunté al operador, muy amablemente, por qué no ofrecían estas tarifas en su catálogo, o en internet, o donde sea que se anuncien. Se quedó callado y me respondió que ellos siempre ofrecían las mejores tarifas. Le dije que muchas gracias pero no, demasiado tarde. Me dio a entender que yo no era muy inteligente porque aunque la Compañía B tuviera tarifas más económicas, con el descuento que me ofrecía recpueraría el dinero que la Compañía A me había quitado con todo el morro del mundo y que, además, saldría ganando. Me pareció doblemente grosero. Le di las gracias y colgué.

La Compañía A me provoca malestar en el estómago. No quiero tener nada más que ver con ellos, y menos un contrato por el que me tengan atada cada mes. Mi dinero es mío y lo gasto como me apetece. Si consumo, pago. Si no consumo, no pago. Creo que hasta los niños de primaria verían la lógica de esa actitud. ¿Pagar por no consumir? ¿Me toman el pelo? No gracias.  Mañana tiraré mi móvil al retrete.

viernes, 2 de julio de 2010

Para los rebeldes del mundo

Esto es una oda a los rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo lo son porque no son como los demás, tienen algo que les distingue. Este algo no se traduce en prendas de ropa ultramodernas o megaanticuadas, ni en un tinte de color rosa o en un flequillo negro aplastado en la frente. Tampoco en orejas llenas de agujeros, ni en pieles dibujadas y pintadas, ni en gafas sobredimensionadas que incluso mi abuela decició jubilar en su debido momento. Este algo no se traduce en pantalones bajos hasta las rodillas, ni en gorras demasiado pequeñas que dan ganas de aplastarlas en la cabeza de su propietario. Ni en medias rotas de colores o de rejilla. Ni en camisetas desgarradas, demasiado estrechas o demasiado anchas. No. Este algo no se puede tocar con las manos.

Los rebeldes del mundo pasan desapercibidos por su apariencia, pero no por sus actos. Actos cotidianos y diarios, a veces inapreciables o sin importancia para el resto de mortales, pero valorados por otros rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo no se conforman con lo primero que se les da, ni siguen  con agrado normas ajenas. No salen en televisión, ni en la prensa. Pero no nos dejemos confundir: los rebeldes del mundo no actúan con violencia. Para ellos, la rebeldía es supervivencia, pues sin ella, no serían rebeldes del mundo. Se convertirían en simples mortales y muchos no lo soportarían. Rebeldía para ellos significa seguir sus propios principios. 

Un rebelde del mundo tira su basura en la paperera, no en el suelo. En la estación, cede su plaza a otra persona que lo necesita más. En el restaurante, no es tiquis-miquis, ni fuma en la cara de los que comen a su lado. No escucha su música a toda leche en el metro ni en el bus. Respeta a sus mayores y al resto de mortales, sin pensar de dónde vienen y adónde van, ni si tienen más o menos que él, le importa bien poco el poder de los demás. El rebelde del mundo se preocupa por el mundo, el suyo, y sigue la actualidad, la suya. Le gusta saber dónde se mueve, quiere cambiar injusticias. Se irrita con declaraciones políticas a favor de la igualdad predicadas por aquellos que acumulan más poder que un país entero. A un rebelde del mundo le invade la ira cuando se entera de trapicheos bancarios, estafas y amiguismos políticos y empresariales.
El rebelde del mundo no intenta convencer a los demás de que su opinión es la más acertada y respeta la de los demás porque siempre está dispuesto a aprender. Si posee un cargo laboral, nunca sobreexplota a sus trabajadores porque le parecen personas iguales que él. No hace al otro lo que no quisiera para él. Si trabaja para otros, no permite abusos y se involucra para mejorar su situación y la de sus compañeros. No gasta más de lo que gana o de lo que tiene, evita hipotecas a 60 años., pues sabe que la vida está para disfrutarla. Puede tener sus caprichos, pero no le gusta acumular cosas. Al fin y al cabo, las cosas son materiales y el rebelde del mundo valora, por encima de todo, las relaciones personales, ya sean familiaries, amorosas, de amistad, de altruismo. Por la misma razón, pasa de marcas y de modas pasajeras, y no por ello descuida a su persona. El rebelde del mundo sabe que con una sonrisa, un "gracias", un "buenos días", un "te echaba de menos", un "te quiero" puede cambiar el día de una persona. Por eso lo dice cuando lo siente, para no arrepentirse de no haberlo hecho antes.

Muchos rebeldes del mundo aún no saben que lo son porque consideran que sus actos son los que harían el resto de mortales. Aunque en el fondo sabe que no es así. El rebelde del mundo, cuando tiene que autodescribirse, destaca como cualidad su sentido común. Un sentido tan común que solo algunos agraciados tienen la suerte de tener. ¡Rebeldes del mundo, expandid vuestro sentido común!