domingo, 26 de diciembre de 2010

Mal acústico

A veces un sonido chirría lo suficiente para submergirte en la incomodidad más profunda e inaudita. A veces una palabra es la combinación de sonidos más inadecuada que el ser humano jamás pudo inventar. A veces una frase es el peor remedio para tu alivio. A veces el sonido de las palabras, y el de las frases, te retuerce el estómago y lo aprieta, fuerte, para que no sientas más, o sientas peor, o te sientas mal. A veces te gustaría taparte los oídos y no dejar que nada ni nadie más se adentrara en ellos. 

Te gustaría esconderte en tu burbuja insonora, protegido de cualquier mal acústico. Pero sabes que no puedes, y eso te retuerce el estómago y lo aprieta, fuerte, y no te deja sentir más. 

Lo conseguiste.


viernes, 24 de diciembre de 2010

La balanza

Tú siempre haces las cosas bien. Te gusta hacerlo todo bien te acostumbraron así, de hecho. Desde niño aprendiste que las cosas no se dejan a medias, ni se hacen mal, ni de mala gana. Se hacen bien, con ánimo, y se llega hasta el final, por lejos que parezca la meta y tortuoso el camino. De pequeño te dijeron que si hacías las cosas bien, la vida te respondería de la misma forma. Porque la vida te da lo que recibes. O eso te contaron.

Pero hoy tienes un problema. Hoy, sigues haciendo las cosas bien, pero la vida -los demás- no responden como tú esperabas. Y tú esperabas que reaccionaran bien, o al menos, dentro de lo que a ti te explicaron que estaba bien. Pero no es así. Hoy, te has dado cuenta de que la balanza no siempre se tuerce hacia el lado acertado. Hoy, has comprobado que la justicia es ciega, y has observado con amargura que las reacciones humanas no solo son previsibles en un sentido negativo, sino también irracionales. Has entendido que la vida -los demás- responden con frecuencia como tú desearías que no lo hicieran, porque no entiendes que alguien actúe como precisamente acaba de actuar. A ti te enseñaron a hacerlo bien, y sigues empeñado en ello. ¿Deberías abandonar quizás las viejas creencias?
No. La vida -los demás- no responden como a ti te gustaría. Y qué. Qué más da. Lo importante para ti es hacer las cosas bien, tienes la conciencia tranquila, ¿puede la vida -los demás- decir acaso lo mismo? Al fin y al cabo, quizás sea verdad que la vida te da lo que recibes. Lo piensas mejor y te das cuenta de que cuando la vida -los demás- te decepciona, siempre hay una excepción. Y eso es, precisamente, lo que te da la vida, y no los demás.



lunes, 20 de diciembre de 2010

Petite histoire somalienne (II): Les sis pans (Los seis panes)

Había una vez un hombre en una aldea que todos los días compraba seis panes. Un día, su amigo le preguntó el por qué de esa costumbre, y el hombre le respondió: "La razón por la que compro seis panes cada día es muy sencilla. Con el primero me alimento, el segundo lo tiro, el tercer y el cuarto los devuelvo y el quinto y el sexto los presto".

El amigo le miró con perplejidad y le dijo: "Lo siento, pero si no te explicas mejor, no lo entiendo". Y el hombre le contestó: "Es muy sencillo. El primero es para mí, para que pueda alimentarme cada día. El segundo se lo doy a mi suegra, que es como tirarlo. El tercero y el cuarto se los devuelvo a mis padres, por todos los alimentos que me dieron cuando yo era un niño. Y el quinto y el sexto se los presto a mis hijos, para que puedan comer hoy y me los devuelvan el día de mañana."

viernes, 17 de diciembre de 2010

Petite histoire somalienne: La hyène

Un día, la hiena decidió reunir a los demás animales salvajes de la sabana, y cuando ya todos estaban allí, les dijo: 
- Queridos animales de la sabana, os he reunido porque todos me llamáis "hiena". Sin embargo, yo soy un ser bueno y afable, no quiero seguir llevando ese despectivo nombre. A partir de ahora, quiero que me llaméis "Amine", que significa "ser de confianza".

Los animales salvajes reflexionaron un momento y contestaron:
- De acuerdo, muy bien. Pero como prueba de confianza, te dejaremos esta cabrita en tu cueva para que la guardes. Mañana a esta hora volveremos a recogerla. Así sabremos que eres un ser de confianza.

La hiena asintió sin pensarlo y los animales salvajes volvieron cada uno a su casa. Pasó el día y al llegar la noche, la hiena tenía mucha hambre, le sonaba el estómago, pues no había probado bocado durante todo el día. Ya casi desesperada, se abalanzó sobre la cabrita y la devoró hasta los huesos. 

Al día siguiente, los animales de la sabana se acercaron a la cueva de la hiena y gritaron:
-¡Anime, Anime! ¿Dónde estás?

- Dad este nombre a quien realmente se lo merezca...

Y la hiena se perdió entre los arbustos, triste y cabizbaja.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Hoy, no existo ya para ti. Hoy, tan solo me queda el recuerdo. Momentos que fueron y ya no son, es todo lo que me queda. Hoy está vacío, en blanco, ni siquiera se escribe solo. Hoy es pesado, se mueve con dificultad, se arrastra bajo las nubes de algodón. No sabe hacia adónde irá. El hoy es indeciso, inseguro, cambia a cada segundo, a cada movimiento, a cada nota. Dame un fuerzas para seguir girando.

Desearía olvidar el ayer, pero no puedo. Desearía borrar el ayer, cambiarlo, empezar de nuevo, pero no puedo. El ayer es perverso. Viene y se va, sin decir nada, sin poder agarrarle la mano y llevarlo por un nuevo sendero. Ni siquiera deja decirle adiós. Se va y nos deja solos ante la incertidumbre. El ayer es seguro y frugal, pero permanece para hoy y para mañana.

Mañana quizás no recuerdes ya mi nombre. Mañana alzarás el vuelo con tus plumas de oro y miel. Mañana será un adiós, quizás te darás la vuelta para reternerme un último instante. Quizás no. No te gusta mirar atrás, al ayer. Hoy, y mañana, seré tu ayer. Y no querrás mirarme, ni tan solo acordarte. Se cerró la cajita. La bailarina ya no se mueve al son de la música y todo lo que pudo ser, ya no es, ni fue, ni será. La bailarina ya no baila, y con ella se apaga el mañana.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Chaos

Hoy siento que no entiendo el mundo, o que el mundo no me entiende a mí. Entiendo que todo es complejo y hoy también siento que ese todo me es ajeno. Sin embargo, soy parte del todo que me ha dotado de ésta compleja naturaleza y no puedo deshacerme de él. No entiendo la complejidad del mundo cuando todo puede simplificarse y ése es el mundo al que pertenezco, el todo que me ha hecho compleja y que no deja entenderme. ¿Tendré el empeño para entender el todo que es el mundo, o hará él mismo un esfuerzo para entender mi compleja naturaleza?

 Hoy siento que sólo tú me comprendes.

martes, 14 de septiembre de 2010

El olor de una carta II

Holly sube a su piso por las escaleras, a buen ritmo, con el sobre verde bien protegido y meticulosamente metido en el interior del bolso para evitar que se arrugue. No le gustaría llevar la carta en la mano y encontrarse con el destinatario en el camino, aunque ésta es una probabilidad más bien improbable, pues el destinatario, tal y como sospecha Holly, no se encuentra en el edificio, sino no habría encontrado el sobre en el buzón del cartero, reservado para correspondencia extraviada.

Entra rápidamente en el piso, saca la carta del bolso, deja el resto de sus pertenencias donde primero caen. y se acomoda en el sofá de la salita-comedor. Está impaciente por leer esa historia entre dos desconocidos, Mme Lenaurd y un tal Pablo, una historia de amor apasionada es la historia más plausible que se le ocurre. Sosteniendo el sobre entre las dos manos, Holly reflexiona por primera vez sobre si realmente ha sido una buena idea apropiarse de ese sobre ajeno. ¿Y si el destinatario la reclama al cartero y éste no es capaz de encontrarla? ¿Y si las palabras de Mme Lenaurd son de importancia vital, hasta el punto de poder cambiar la vida de Pablo, y éste nunca llega a enterarse? ¿Le gustaría a Holly que un desconocido se apropiara de sus intimidades con otra persona? Es más, ¿lo toleraría? Probablemente no. De hecho, no le gustaría nada. Pero por otra parte, quizás Holly sea la única que puede hacer que la carta llegue a su destino. Cómo aún no lo sabe, pero si lo piensa bien, con las tecnologías actuales a nuestro alcance resulta dificil mantener el anonimato. Seguro que Pablo aparece en alguna parte del mundo virtual. Además, tiene mucha curiosidad por conocer el interior de la carta y en pleno punto curioso se le ocurre que si la abre y después busca al destinatario, no se la puede entregar ya leída. Sin embargo, recibirla, aunque sea sospechosamente mal cerrada, es mejor que norecibirla... Pensará en ello más tarde.


Con la ayuda de sus uñas bien cuidadas, Holly intenta abrir el sobre sin hacer grandes estopicios, levantando lentamente la pestaña verde sellada. No es fácil, pero lo consigue. Está emocionada, quiere saber qué hay dentro del sobre lo antes posible, la curiosidad alcanza hasta el último pedazo de carne de Holly. Con dedos temblorosos, saca el contenido del sobre.

Gran sorpresa la suya al ver que el interior del sobre está prácticamente vacío. No hay largas hojas escritas a mano en noches de desespero, como esperaba Holly, ni papel de color y perfumado con una felicitación, o una invitación a algún acontecimiento, opción que Holly habría aceptado con un poco de resignación. No hay siquiera una triste nota con un mensaje breve, ni un post-it con dos palabras. Hay una fotografía de tamaño estándar que cabe de sobras en el ancho del sobre y justo en el alto del mismo. Solamente eso, una fotografía que muestra a una niña en bañador sentada sobre la arena de la playa, jugando a hacer castillos o cualquier otra construcción abstacta. La niña lleva un gorrito que la protege del sol y mira sonriente a la cámara. Holly calcula que tendrá unos cuatro años, pero no puede adivinar por el paisaje dónde se tomó, aproximadamente, la fotografía, pues a parte de la niña, solo se ven arena mojada y el agua del mar . No hay nada escrito detrás de la fotografía, ni una pista. Holly está un poco confusa. ¿Qué significa esto? Una carta sin texto, una fotografía sin fecha, una niña sin nombre en un lugar desconocido. Se acerca el sobre para olerlo mejor. Huele bien, huele a rosa con un poco de verde. Cualquier explicación lógica se escapa de la mente de Holly.


domingo, 12 de septiembre de 2010

El salto de la vida

Leo con estupefacción en el periódico que un joven de 25 años ha muerto en Ibiza después de "caerse" del balcón de su habitación de hotel situada, nada más ni nada menos, que en un séptimo piso. No es el primer caso en lo que va de año y, al parecer, el fenómeno no es nuevo e incluso ha sido bautizado como "balconing". 

Como ya he leído otros artículos sobre el mismo tema, me permito el lujo de hacer una descripción básica del perfil del saltador: el saltador es, normalmente, varón, extranjero, mayoritariamente británico o teutón, de vacaciones en las Baleares, entre los 20 y 40 años, borracho perdido o drogado y más chulo que un ocho. Me horrorizo al ver que hay vídeos colgados en Youtube de individuos que se dedican a esta tan singular práctica y que se vanaglorian de sus hazañas colgándolo en la red. Así pues, confirmo que el saltador es más chulo que un ocho, porque pá chulo yo y lo cuelgo para que todo el mundo lo constate.

El saltador realiza su pirueta desde el balcón de una habitación de hotel, independientemente de la altura del edificio, y con finalidad dudosa. Algunos proclaman que es para colarse en la habitación de las chicas. Otros añaden que es para darse un baño en la piscina después de una larga noche de fiesta loca y descontrolada isleña. Ante tales declaraciones, me hago algunas preguntas que cualquier ser humano en sus cabales debería poder planterse:
  • ¿Qué es eso de darse un baño en la piscina después de salir de fiesta? Las piscinas de los hoteles tienen un horario y a las siete de la mañana suelen estar cerradas. Seguro que si un huésped del hotel (un poco normal, es decir, de los que no necesitan saltar desde un balcón para sentirse machos) se ahoga por bañarse fuera de horario, la familia y las autoridades reclamarán la cantidad pertinente al hotel por no tener un sistema de acceso a la piscina lo suficientemente protegido. ¿Tendrán que cubrir las piscinas de los hoteles para que ciertos individuos no se arrojen y se abran el cráneo? Si alguien necesita refrescarse después de una noche de locura, que se dé una ducha. 
  • ¿Y lo de colarse en la habitación de las chicas? ¿Acaso vienen estos extranjeros de colonias,con monitores incluidos que les castigan de cara a la pared si se escapan de su cuarto por la noche? Que llamen a la puerta, y si las chicas -sensatas- no abren o les dan largas, que se sirvan de las manos.
  • Los saltadores siempre son varones. A ninguna mujer se le pasa por la cabeza hacer semejante sandez (no es un ataque feminista, por suerte a muchos hombres tampoco se les ocurre).
  •  Los saltadores son extranjeros y proceden del norte de Europa. Tanto quejarse de que si los países del sur de Europa somos los culpables de la crisis y de que tienen que pagar pos nuestros propios errores y, en cambio, no pueden vivir sin su semana de locura y desenfreno en un país sureño. ¿Por qué no saltan desde los balcones de sus ciudades? Parece que aquí todo vale, aunque en realidad deberíamos plantearnos nosotros si éste es realmente el tipo de turismo que nos merecemos. Por suerte, una vez más, los descerebrados que ocupan titulares en la prensa por su ilógico comportamiento son una minoría.
  • ¿Realmente es necesario dar un nombre a este fenómeno tan absurdo? ¿Alguien se ha parado a pensarlo? ¿Lo de "balconing" es para hacerlo más internacional o para remarcar que los impulsores son de habla inglesa? 
No consigo entender qué significado puede tener semejante salto. No capto qué pretende lograr el saltador, aparte de enriquecer su orgullo de macho. Pensaba que el concepto de "macho" era nuestro. Pero resulta que los españoles no necesitan demostrarlo. Lo siento, pero estos chicos no merecen  nuestras condolencias ni homenajes, ni mucho menos nuestra admiración. El primero que saltó arrastró a los demás. Cada salto conlleva otro. Cada salto difumina al extremo la pequeña línea que separa la vida y la muerte. Cada salto empobrece al hombre y a su sentido común y lo hace todo más absurdo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Operando

Hoy, sigo sin línea telefónica por sexto día consecutivo. He decidido que voy a pasar el tiempo que podría estar hablando por teléfono recorndando algunas de las útiles respuestas que he obtenido por parte de los operadores a lo largo de mis llamadas:
  • Operador 1: seguramente sea problema del móvil que no coge bien la cobertura. Apágalo y vuelve a encenderlo. Bien, lo hago y el resultado es cero. El operador añade que debo seleccionar la red manual en el apartado de ajustes y de las redes disponibles, elegir Yoigo. No me aparece Yoigo por ninguna parte.
  • Operadora 2: selecciona la red de forma manual en el apartado de ajustes de tu teléfono. De entre las redes disponibles, selecciona Yoigo. Perdona, pero no me aparece Yoigo. Ah vale, entonces coge la de Movistar (?). Lo hago y tras media hora indicando que está "registrándose", me denega el acceso. La chica me indica que pondrá una incidencia en mi línea para que los técnicos la resuelvan cuanto antes.
  • Operadora 3: haz una "prueba cruzada". Suena algo dificilísimo, pero se resume a cambiar la targeta a otro móvil para ver si funciona. Lo pruebo en otros dos teléfonos y sigue sin funcionar. 
  • Operadora 4: si no es problema del móvil, será problema de la tarjeta. Ve a una tienda Yoigo y haz un duplicado de tarjeta. Voy y lo hago, la chica de la tienda sabe tanto del funcionamiento de los móviles como yo, es decir, nada. Pago seis euros y pruebo la nueva tarjeta. Nada. Hago la "prueba cruzada" con el duplicado. Nada.
  • Operador 5: es culpa de la tarjeta o del móvil. No, se equivoca, está más que demostrado que es problema de la línea. En ese caso, le pondremos una incidencia en su línea para que los técnicos la resuelvan cuanto antes.
  • Operadora 6: sí, es un problema que afecta a bastantes móviles. Se han caído algunos postes de cobertura, aunque el problema ya está solucionándose en algunas Comunidades Autónomas. ¿Perdona? ¿Por qué entonces la persona a mi lado, de la misma compañía telefónica, tiene cobertura?
  • Operadora 7: le pondré una incidencia en su línea para que los técnicos la resuelvan cuanto antes. Le digo que eso ya lo han hecho dos de sus compañeros. Me dice que no, que nadie ha puesto ninguna incidencia y que esta es la primera. Incluso me da el número de referencia. O sea, que los operadores se han reído en mi cara. 
  • Operador 8: apaga el móvil, saca la batería y la tarjeta. Lo hago, y de mientras, me pone la música de espera durante unos dos minutos. Me dice que es problema del teléfono. Cuelgo.
  • Operador 9: la línea está perfectamente, el problema es suyo, ya sea del móvil, ya sea de la tarjeta. Le explico otra vez todo el rollo e incido en que está más que demostrado que el problema es de la línea y no mío. Me responde que el problema es mío por no saber cómo funciona el móvil. Cuelgo.
  • Operador 10: tiene usted razón, la culpa es de la compañía. Se lo arreglaremos cuanto antes. Al menos alguien honesto. Aunque sigo sin línea.

viernes, 10 de septiembre de 2010

¿Yoigo? ¡Yo no oigo ná!

Hace tres meses escribí mis aventuras (o desdichas, para ser más exactos) con la que por aquel entonces era mi compañía de teléfono. Dado el mal servicio y las tarifas abusivas, decidí cambiarme a Yoigo, una compañía que se define a sí misma como jovial e informal, y que dice la verdad sin tapujos. Pues bien, a día de hoy, mis desdichas con el móvil se perpetúan. No sólo son informales, sino que mienten sin tapujos.

El servicio había funcionado sin problemas hasta que un glorioso día, hará cosa de semana y media, me di cuenta de que los mensajes que enviaba a otro teléfono, curiosamente también de Yoigo, no llegaban. A mí me aparecían como enviados y se me descontaba el impuerto correspondiente de mi saldo. Sin embargo, los mensajes se perdían en la red, pues su destinatario no recibió nada. Llamé para solucionar el problema y me lo arreglaron al cabo de dos días. Dos días de este incidente, me ocurrió lo mismo. Llamé de nuevo y me prometieron que lo arreglarían definitivamente. Pues bien, al día siguiente, me encontré sin línea telefónica. No podía ni llamar, ni recibir llamadas, por no hablar de los mensajes. Solamente se me permitían las llamadas de emergencia.

Me puso de nuevo en contacto con Yoigo. Me hicieron seleccionar la red manual desde mi teléfono, no funcionó. Me hicieron hacer la llamada "prueba cruzada", que consiste en cambiar la tarjeta de móvil y probar suerte desde allí. Tampoco funcionó. Me mandaron a una tienda a hacer un duplicado de tarjeta, con un coste de 6 euros que a, pesar de tratarse de una incidencia de la compañía, tuve que abonar de mi bolsillo. También en vano. Probé las dos tarjetas en tres teléfonos diferentes y el resultado fue igual de desastroso en todos. 

Han pasado cinco días desde entonces. Cada día he llamado un mínimo de una vez para que alguien me diga cuál es el problema y cuándo se va a solucionar. Los operadores escurren el bulto uno tras otro. Una me dice que se han caído postes de cobertura y que el problema se está solucionando. Otro me dice que me llamarán en 72 horas (promesa que me han hecho en cada llamada y aún espero que alguien me llame, a otro teléfono, claro está, pues llamar al mío es inútil). Finalmente, una operadora, tres días después de llamadas insistentes, me dice que me pondrá una incidencia y que la pasará al servicio técnico. Yo le respondo que esto ya la incidencia ya la han puesto  dos compañeros suyos. Me responde que en mi historial no figura ninguna incidencia procesada. Pues eso sí es una grata sorpresa: resulta que dos operadores me han mentido descaradamente en mi cara. Junto con la incidencia, le pido que me ponga una reclamación. La chica, la primera persona competente con la que hablo de esta compañía, lo hace amablemente.

Hoy he vuelto a llamar porque soy pesada. En realidad, he llamado porque me jode tener una línea que no funciona y porque estoy al borde de la desesperación. El operador me ha dicho que el problema es mío porque la línea está perfectamente, y que será cosa del móvil o de la tarjeta. Me desespero más. Vuelvo a llamar y esta vez me lo coge la segunda persona competente de la compañía. Le pido hablar con el encargado y me lo pasa. Éste, amablemente, admite que el problema es de ellos y que tienen que solucionarlo sí o sí, y que dará celeridad al proceso. 

Sigo incomunicada. Me pregunto cuántos días tendré que esperar para que alguien me haga caso. De mientras, a lo mejor aprendo el lenguaje de las señales de humo. Visto lo visto, seguro que me resulta más económico, más rápido y, por supuesto, más eficaz que cualquier compañía.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Palabrotas (o palabras rotas)

Hoy he tenido una revelación lingüística y me permito el lujo de presentarla. En realidad, son tres las revelaciones de hoy, estoy que me salgo:

  • La palabra "pordiosero" se puede separar fácilmente en tres: por / dios / ero. El sufijo "-ero" tiene cinco significados atribuidos por la Academia, de los cuales desecho los cuatro últimos y me quedo con el primero: 1) para indicar profesión o cargo, como panadero, librero, almacenero. Dado que las dos primeras partes del vocablo quedan más que claras, si añadimos la descripción de la RAE de dicha palabra (el que pide limosna), llego a la modesta conclusión de que "pordiosero" es el que, por oficio, pide por Dios. Claro está que todos los oficios son respetables.
  • Mi segunda revelación del día se centra en el vocablo "verosímil". Antes de presentar cualquier reflexión filológica, me gustaría decir que yo siempre he asociado esta palabra a los símios, ya sea por su semejanza fonética, ya sea porque cuando llegué a esta conclusión era pequeña y me parecía lógico. Pues bien, hoy me he dado cuenta de que se alude a la figura retórica del "símil" y que "vero" proviene del latín y significa "verdad" o "verdadero" (no sé latín, pero no es difícil llegar a esta conclusión). 
  • Acabo con "visceral".  La RAE lo atribuye a lo relacionado con las vísceras, pero también a reacciones emocionales muy intensas. ¿Quién no ha padecido nunca un nudo en la boca del esófago ante una situación tensa o complicada? Pues eso, que sentimos con las vísceras.
Tengo que decir que la etimología de las palabras no me la he inventado, sino que la he sacado de la web www.elcastellano.org. Y mientras buscaba una palabra, me ha aparecido la etimología de "maniquí", que hasta ahora no formaba parte de mis revelaciones lingüísticas, pero me he planteado su procedencia, y al no llegar a ninguna explicación plausible, me he leído la entrada etimológica y resulta que los maniquíes vienen de Holanda, ya que ellos denominaban "manneken" (hombrecitos) a las figuras de madera que servían de modelos a artistas y modistos, hasta que el propietario de la cadena Worth los introdujo en sus comercios y adaptó su nombre lo mejor posible. ¿Y esto para qué sirve? Pues no lo sé, pero nunca está de más saber que los holandeses tampoco se lo curran mucho a la hora de poner nombres a conceptos nuevos.
  

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Sarrazinos y sarracenos

Ayer leí con estupefacción en el periódico algunas de las declaraciones del señor Thilo Sarrazin, miembro del Consejo del Banco Nacional de Alemania. El señor Sarrazin ha publicado recientemente un libro sobre el futuro (?) de su querido país. En una estrategia de comercialización y de márketing puro del libro, dicho autor hizo unas declaraciones contundentes sobre la realidad (?) de su querido país. Véanse algunos ejemplos:

"No quiero que el país de mis nietos y bisnietos sea un país mayoritariamente musulmán, en el que se hable árabe y turco predominantemente, en el que las mujeres lleven el pañuelo islámico y en el que la vida cotidiana esté marcada por el llamado del muecín"

"Todos los judíos comparten un determinado gen. También los vascos tienen determinados genes que los diferencian de otros".

Pensamientos y opiniones aparte, a mí lo que más me sorprende es que sea precisamente este señor que se apellida Sarrazin. No hay que saber mucho alemán para ver que se trata de la adaptación germana del término "sarraceno", considerado como sinónimo de "mahometano", es decir, "que profesa la religión islámica" por la Real Academia. Está claro que el peor enemigo está en casa.

lunes, 12 de julio de 2010

L'art de no dir res

No parlis per mi. Mira que t'ho he dit i repetit vegades: no parlis per mi. Però tu a la teva, no fas mai cas de ningú. Parles per mi quan estem sols i quan estem davant de tothom. Que si no m'agrada això, que si preferiria allò altre. Que si estic cansat, que si he tingut un disgust a la feina. Ho veus, t'ho dic i t'ho repeteixo, que parles per mi. Que si estic trist, o massa callat, que si no vull acompanyar-te, que si més m'estimo quedar-me a casa o quedar amb els meus amics. T'ho torno a dir, que les paraules són teves, que tu amb prou feines em deixes obrir boca, perquè t'encanta parlar per mi. Com si dugués les paraules escrites al front, o com si les llegissis del cervell abans que jo mateix pugués desxifrar-les. 

T'agrada parlar per mi, et sents millor, no és cap secret. Al cap i a la fi, creus que en saps més que no pas jo, de parlar. Que tu trobes les millors paraules en el moment exacte. Com si a la resta li molestés que jo m'expressi. Quina sort que vaig fer en trobar-te. La veritat és que no esperava que fessis tant per mi. Que em treguéssis les paraules de la boca i les poséssis a la teva. Ets un tresor. No sé com he pogut dir mal de la teva mania, o millor dit, bona costum, de parlar per mi. 

Per tot això que fas per mi, voldria donar-te les gràcies. Voldria dir-te que t'estic molt agraït, perquè em treus un pes de sobre, que mai m'ha agradat parlar i que trobo més aviat molest el fet d'haver d'encarar-me verbalment a d'altres persones. Voldria donar-te les gràcies per no fer-me gastar saliva, per deixar que les nostres coneixences pensin que no em valc per mi mateix, que sense tu estic perdut, que sort en tinc d'haver-ne trobat una com tu, que em treu les castanyes del foc. Voldria donar-te les gràcies per tot això i molt més. Però saps què, m'he acostumat a no dir res, ni hola, ni adéu siau, ni si us plau. Ni gràcies. Per res.

martes, 6 de julio de 2010

La vida no es de color de rosa

Holly no se tiende en pie. Le duele la cabeza, siente los pómulos y a nariz hinchados, le duele la garganta cada vez que traga saliva. Ha sido un día duro, como tantos otros. La vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. Se siente apagada bajo el cielo gris, el calor y la humedad la aprietan demasiado. Tiene todas las ventanas abiertas, pero el aire le sigue pareciendo poco. Se pregunta si le pasará algo grave. La soledad es traicionera y nos regala pensamientos oscuros. En el fondo, Holly sabe que no tiene nada, que son síntomas absolutamente normales después de un día trabajando bajo el sol. Le gusta lo que hace, pues se adapta bastante bien y siempre encuentra algo donde agarrarse para justificar sus actividades. Sus síntomas son absolutamente normales de una persona a la que le gustaría hacer cosas diferentes a las que se encuentra haciendo. Pero la vida no es de color de rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. 

Se siente cansada, agotada, con ganas de tumbarse y no levantarse en dos días seguidos.  De perrear sin parar. Sin embargo, no puede. Su propia fatiga se lo impide. Algo en Holly sigue a la expectativa, un algo listo para reaccionar, para saltar en cualquier momento. Este algo la agota. Es un círculo vicioso, pues su cansancio le impide descansar, su cansancio la mantiene en estado de alerta. Es agotador. Pero la vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. 
Piensa en mañana, en pasado, en el otro. Días y días de actividad, del mismo cansancio que no le deja levantar cabeza. Piensa en cómo le gustaría quedarse en la cama cuando suena el despertador. Y por qué no, en qué placer le resultaría tirar el despertador por el balcón, para que no sonara nunca más. Piensa en lo cansada, agotada, exprimida y desvalida que estará por la tarde noche. En cómo quisiera salir a airearse, pero es que hasta su alma le pesa. En cómo añora encontrarse con sus amigos y charlar durante horas sobre la vida misma, que no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.

Holly se da cuenta de que a pesar de su estado, hay algo que la mantiene viva. Algo en ella la impulsa a levantarse cada día y a salir a delante, a pesar de que sabe perfectamente que después lo lamentará. Cada día le aguarda un regalo, por pequeño que sea. A veces es una sonrisa. Otras es un abrazo. Otros días son unas risas en buena compañía. A veces le basta con que salga el sol. Pero lo mejor es conversar. Tiene un buen interlocutor. Puede pasar horas y horas contándole banalidades, contándole qué tal fue su día, explicándole anécdotas que ya le ha explicado otras veces. Pero su buen interlocutor la escucha y se ríe cada vez como si fuera la primera vez. Porque le gusta Holly. Y a Holly le gusta su buen interlocutor. Le quita el cansancio, el dolor de cabeza, la nube gris sobre su cabeza. Y es que en este mundo, no hay nada como un buen interlocutor. Así la vida es un poco más rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.

lunes, 5 de julio de 2010

El olor de una carta

Holly entra en el portal de su casa. Pasa por delante del gran espejo que hay en la entrada, se mira de forma casi institiva en un acto casi reflejo. Se para delante de los buzones. Abre el suyo. No hay nada interesante para Holly Hübsch. Publicidad. Pocas veces recibe correspondencia. Pero cuando le llega una carta o una postal, siempre son interesantes. Las cartas, porque significa que alguien tiene algo importante que decirle. Que alguien, que pudiendo usar toda la tecnología disponible, prefiere confiar en el correo postal. Holly es de las que piensan que hay cosas que solamente pueden decirse por carta, como por ejemplo, los olores. Ella siempre perfuma sus cartas con olores diferentes, dependiendo de cómo se sienta aquel día. Vainilla, mandarina, pintauñas, madera, canela, camomila, jabón. Cada estado de ánimo tiene un olor. Las postales son interesantes porque significa que alguien ha pensado en ella en un lugar concreto del mundo. Le gusta pensar que alguien se acuerda de ella cuando está fuera de su casa. Significa que, sea del modo que sea, la echa de menos, y que le gustaría compartir un pedazo de este lugar especial con ella. 
Hoy Holly, al sacar  de su buzón los folletos de pizzerias, restaurantes hindús y cerrajeros exprés, no puede esconder una mueca de tristeza. Más que tristeza, quizás sea decepción. No sabe bien por qué, pues no conoce a nadie que ahora mismo esté de viaje y quiera acordarse de ella. Ni ha escrito cartas últimamente, así que tampoco espera respuestas. Sin embargo, cada día, cuando introduce la llave en el pequeño cerrajero del buzón, mantiene una pizca de esperanza. Quién sabe, a lo mejor alguien quiere sorprenderla. O decirle algo. O mandarle un olor.
Cierra su compartimento y levanta la vista. Hay una carta depositada encima de la caja de los buzones. La coge. No es para ella. No es para nadie de la escalera. Quizás para alguien que vivió allí hace tiempo. Holly no conoce el destinatario. Sin embargo, no es una carta interesante. No es de colores y no está escrita a mano. Es de un partido político, seguramente para algún afiliado. La deposita en el buzón del cartero y se da cuenta de que está abierto, de que no hace falta llave para introducir la mano. Curiosea el compartimento del cartero. Se pregunta si el cartero realmente abre su buzón y recoge las cartas desviadas para llevarlas a buen puerto. Hay algunos sobres dentro. Los saca lentamente. Son cartas no interesantes. No hay postales. Que decepción, esperaba encontrar algo que le alegrara el día. Pero, ¡espera! Entre un fajo de sobres rectangulares blancos con logotipos en el reverso y destinatarios con letras de ordenador, sobresale un sobre verde, más cuadrado que el resto. El nombre del destinatario, un hombre, está escrito en tinta azul, en letra redonda y perfectamente legible. Letra de mujer. Holly corrobora su afirmación al mirar el remitente. Mde. Lenaurd. Rue des Cotonniers, 36. Marseille. France.

Sin pensarlo, acerca el sobre a su nariz. ¡Sí! Justo lo que había pensado. Huele. No saber decir de qué proviene ese olor exactamente, pero sabe que es dulce, es suave, es rosa con un poco de verde. Coge la carta y la guarda en el bolso. Sabe que no está bien leer la correspondencia de otro, pero no ha podido resistirse. El olor de una carta determina su contenido. Al fin y al cabo, los olores se expresan en palabras.

M.

M., t'has equivocat de blog. Keep trying! ;-)

sábado, 3 de julio de 2010

Mañana tiraré mi móvil al retrete

Desde que empecé a tener móvil, y de esto hará ya unos 7 u 8 años, siempre he sido fiel a la misma compañía. Para evitar nombres, llamemos a esta multinacional -la más grande e influyente en telefonía móvil a nivel nacional- Compañía A. Pues bien, tuve mis primeras relaciones con la Compañía A mediante una tarjeta de prepago y un móvil atado a esa compañía. Ante la incomodidad de quedarme sin saldo en el momento menos oportuno, decidí cambiarme a contrato. Y así fue. En octubre de 2007 firmé un contrato con la Compañía A, con una tarifa reducida de las cinco de la tarde a las siete de la mañana y un móvil de regalo, también atado a la Compañía A, claro está. Sin olvidar, por supuesto, un consumo mínimo mensual de 9 euros que se me descontaría automáticamente fuese cual fuese mi consumo. Me fui a mi casa contenta con mi nueva ganga telefónica, con el contrato bajo el brazo y con la intención de leerlo con calma tumbada en el sofá. Al igual que el 98% de la población, no lo hice. No me leí la letra pequeña confiando en la buena voluntad de la Compañía A y su interés por prestarme el mejor servicio.

Pasaron los años y nunca cambié el contrato. Un día vi que mis facturas eran demasiado altas, pues llegó un momento en el que llamaba indistintamente por la mañana y por la tarde. Eso sí, con una diferencia de que por la mañana cada minuto costaba 30 ct más IVA, mientras que por la tarde se reducía a 8 ct el minuto más IVA (cabe decir que en la web de la Compañía A no se indica que las tarifas son sin IVA, ¡viva la información al consumidor!). Y yo me pregunto: ¿No tiene el mismo valor un minuto matutino de mi vida que un minuto por la tarde de mi misma vida?

Ya sea por vagancia, ya sea porque estaba viviendo en el extranjero, no me decidí a informarme sobre otras posibilidades más económicas. Hasta que un día vi que durante dos meses, la Compañía A me había cobrado el consumo mínimo de 9 euros MÁS mi consumo del mes, que no sobrepasó los 5 euros en ningún caso. Pensé que se trataba de un error, pues el consumo hecho debería formar parte de estos 9 euros. Llamé a atención al consumidor. Expliqué la situación. El operador, con malas maneras, me dijo que la Compañía A no cobraba nada que no debiese. Insistí. Me respondió que este consumo mínimo no se aplicaba a llamadas internacionales ni a mensajes, ni nacionales ni internacionales. Lo gracioso es que a mí nadie me informó de estas condiciones. El operador añadió brillantemente entonces que para solucionar el problema tenía que dirigirme al lugar donde había realizado el contrato. Bien, resulta que me encuentro a unos mil quilómetros de esa tienda. Contestó que él no podía hacer nada y que ésa era la única solución que podía darme. Muchas gracias, muy amable. Espero que la Compañía A le time también a usted y le pague, por ejemplo, un 50% menos. Lo deseo de todo corazón.

Hasta aquí hemos llegado. Dado que mi anterior móvil atado a la Compañía A duró lo poco que duró, decidí comprarme uno por mi cuenta, libre, porque la verdad es que el logotipo de la Compañía A en el dorso y en el reverso del aparatito me molestaba bastante. Pues bien, empecé a informarme de otras compañías e hice el salto a la Compañía B mediante lo que se llama una portabilidad, esto es, mantener el número de teléfono, pagando las tasas de gestión debidas. Al día siguiente de iniciar este proceso, la Compañía A me llamó cuatro veces hasta que cogí el teléfono. Querían saber por qué abandonaba dicha compañía, cuando ellos ofrecían las mejores tarifas en el mercado (mentira, cualquier persona en su sano juicio con un catálogo de compañías telefónicas en mano verá que es, precisamente, la más cara). Expliqué de nuevo mi odisea al operador, que no tenía muchas cualidades de operador, la verdad sea dicha, pues después de cada palabra seguía una pausa de unos tres segundos.

Entonces el mundo cambió de color y todo se transformó en rosa bajo el paraguas de la Compañía A. Me ofrecieron una tarifa plana de 8 ct minuto todo el día, me regalaban todos los móviles posibles,  prometieron aplicarme un descuento del 50% en todas las facturas durante un año, harían una excepción y me permitirían no computar consumo mínimo mensual (el operador reconoció que la Compañía A me había cobrado los 9 euros por la cara y quería ahora recompensarme). Me pareció grosero. Le pregunté al operador, muy amablemente, por qué no ofrecían estas tarifas en su catálogo, o en internet, o donde sea que se anuncien. Se quedó callado y me respondió que ellos siempre ofrecían las mejores tarifas. Le dije que muchas gracias pero no, demasiado tarde. Me dio a entender que yo no era muy inteligente porque aunque la Compañía B tuviera tarifas más económicas, con el descuento que me ofrecía recpueraría el dinero que la Compañía A me había quitado con todo el morro del mundo y que, además, saldría ganando. Me pareció doblemente grosero. Le di las gracias y colgué.

La Compañía A me provoca malestar en el estómago. No quiero tener nada más que ver con ellos, y menos un contrato por el que me tengan atada cada mes. Mi dinero es mío y lo gasto como me apetece. Si consumo, pago. Si no consumo, no pago. Creo que hasta los niños de primaria verían la lógica de esa actitud. ¿Pagar por no consumir? ¿Me toman el pelo? No gracias.  Mañana tiraré mi móvil al retrete.

viernes, 2 de julio de 2010

Para los rebeldes del mundo

Esto es una oda a los rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo lo son porque no son como los demás, tienen algo que les distingue. Este algo no se traduce en prendas de ropa ultramodernas o megaanticuadas, ni en un tinte de color rosa o en un flequillo negro aplastado en la frente. Tampoco en orejas llenas de agujeros, ni en pieles dibujadas y pintadas, ni en gafas sobredimensionadas que incluso mi abuela decició jubilar en su debido momento. Este algo no se traduce en pantalones bajos hasta las rodillas, ni en gorras demasiado pequeñas que dan ganas de aplastarlas en la cabeza de su propietario. Ni en medias rotas de colores o de rejilla. Ni en camisetas desgarradas, demasiado estrechas o demasiado anchas. No. Este algo no se puede tocar con las manos.

Los rebeldes del mundo pasan desapercibidos por su apariencia, pero no por sus actos. Actos cotidianos y diarios, a veces inapreciables o sin importancia para el resto de mortales, pero valorados por otros rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo no se conforman con lo primero que se les da, ni siguen  con agrado normas ajenas. No salen en televisión, ni en la prensa. Pero no nos dejemos confundir: los rebeldes del mundo no actúan con violencia. Para ellos, la rebeldía es supervivencia, pues sin ella, no serían rebeldes del mundo. Se convertirían en simples mortales y muchos no lo soportarían. Rebeldía para ellos significa seguir sus propios principios. 

Un rebelde del mundo tira su basura en la paperera, no en el suelo. En la estación, cede su plaza a otra persona que lo necesita más. En el restaurante, no es tiquis-miquis, ni fuma en la cara de los que comen a su lado. No escucha su música a toda leche en el metro ni en el bus. Respeta a sus mayores y al resto de mortales, sin pensar de dónde vienen y adónde van, ni si tienen más o menos que él, le importa bien poco el poder de los demás. El rebelde del mundo se preocupa por el mundo, el suyo, y sigue la actualidad, la suya. Le gusta saber dónde se mueve, quiere cambiar injusticias. Se irrita con declaraciones políticas a favor de la igualdad predicadas por aquellos que acumulan más poder que un país entero. A un rebelde del mundo le invade la ira cuando se entera de trapicheos bancarios, estafas y amiguismos políticos y empresariales.
El rebelde del mundo no intenta convencer a los demás de que su opinión es la más acertada y respeta la de los demás porque siempre está dispuesto a aprender. Si posee un cargo laboral, nunca sobreexplota a sus trabajadores porque le parecen personas iguales que él. No hace al otro lo que no quisiera para él. Si trabaja para otros, no permite abusos y se involucra para mejorar su situación y la de sus compañeros. No gasta más de lo que gana o de lo que tiene, evita hipotecas a 60 años., pues sabe que la vida está para disfrutarla. Puede tener sus caprichos, pero no le gusta acumular cosas. Al fin y al cabo, las cosas son materiales y el rebelde del mundo valora, por encima de todo, las relaciones personales, ya sean familiaries, amorosas, de amistad, de altruismo. Por la misma razón, pasa de marcas y de modas pasajeras, y no por ello descuida a su persona. El rebelde del mundo sabe que con una sonrisa, un "gracias", un "buenos días", un "te echaba de menos", un "te quiero" puede cambiar el día de una persona. Por eso lo dice cuando lo siente, para no arrepentirse de no haberlo hecho antes.

Muchos rebeldes del mundo aún no saben que lo son porque consideran que sus actos son los que harían el resto de mortales. Aunque en el fondo sabe que no es así. El rebelde del mundo, cuando tiene que autodescribirse, destaca como cualidad su sentido común. Un sentido tan común que solo algunos agraciados tienen la suerte de tener. ¡Rebeldes del mundo, expandid vuestro sentido común!

miércoles, 30 de junio de 2010

Dependencia y prescindibilidad

Holly ha llegado a una conclusión, inspirada por las sabias palabras de un luchador negro: que dependamos de la mitad del mundo no significa que la otra mitad dependa de nosotros. Esto conlleva que seamos prescindibles. Si no existiera nuestra mitad, millones de personas seguirían viviendo. Si su mitad no existiera, quizás nosotros sobreviviríamos, pero nuestra vida no sería ni mucho menos la misma de hoy. 

A Holly no le gusta este pensamiento. No le gusta vivir sola, le gusta depender de otras personas, de otra persona. Entonces se siente útil, justifica su existencia en este mundo. Depende de la mitad del mundo y, a la vez, del mundo entero, y a la vez, de una persona. A Holly no le gusta pensar que es prescindible, porque las cosas son prescindibles, las personas no. Quizás haya gente con quien no quiere estar. Quizás haya personas con las que no quiere hablar. Pero estas personas serán imprescindibles para alguien Para ella hay alguien imprescindible y quiere pensar que ella también lo es. Y lo es.

martes, 22 de junio de 2010

Bailar en rojo

Holly tenía un sueño: convertirse en bailarina. Las primeras zapatillas de ballet se las compraron a los 2 años, se llevó la talla más pequeña en la tienda. Luego unas medias rosas y un maillot rojo. Se subió al escenario a los tres, contenta con su atuendo y moviéndose al son de la música. Apenas se acuerda de ese día hoy tan lejano, pero quedan fotografías y las contempla con deleito, pensando en lo feliz que se sentía en el escenario.

Al maillot rojo le siguió uno de rosa, después uno morado, otro blanco de tirante fino, cada uno una talla más grande que el anterior. También tuvo que cambiar las bailarinas, y las medias, que se le rompían a menudo. Claro, cada maillot iba con un tutú diferente. Largos hasta la rodilla y tutús de plato, de dos, tres y cuatro capas, de diferentes tejidos y texturas. La larga melena castaña recogida en un moño impecable, ni un pelo fuera de su lugar, todos y cada uno sujetos por las mil anitas introducidas minuciosamente sin entrecruzarse.

En un momento dado llegaron las puntas. Zapatillas con madera en la punta, muy rígidas y duras, con dos largas cintas rosas que se ataban en el tobillo, una por encima de la otra en diagonal. La puntera bien metida, algodón para no dañar tanto los dedos. Pero el dolor no le importaba a Holly. Se calzaba las zapatillas en casa y aprovechaba cada momento para acostumbrar sus pies a aquella rigidez, para domar la madera y entrenar el empeine. Tenía un buen pie, el puente marcado le permitía sacar más empeine que el resto.

Esta niña puede llegar lejos, dijo la profesora al poco de conocerla. Si te gusta, quizás puedas dedicarte a la danza, añadió un par de años después. Trabaja más duro y te ayudaré a saltar al escenario, concluyó años más tarde. Holly siempre trabajó duro. Esanyaba en casa, delante del espejo de la entrada, piruet, doble piruet, triple. Si algo no le salía, lo intentaba hasta conseguirlo. No le importaba la sangre entre los dedos al descalzarse las puntas. Todos pensaban que lo lograría.

No fue así. Holly se levantó un día y quiso ponerse las zapatillas. Pero no pudo. Le dolían solo con verlas. Se miró los pies y por primera vez, se dio cuenta de la carnicería. No quiso hacerse el moño, le gustaba más su melena al viento, en libertad. A la mierda las zapatillas. Y las medias, y el maillot, y todo lo que tenía. Porque lo único que tenía era la danza. Aquel día no fue al ensayo para el gran espectáculo. Ni el siguiente. Su mentora la llamó, ella no contestó. Tampoco fue el día del espectáculo, habría sido la primera bailarina. Había rumores de que irían representantes de las mejores compañías de danza del mundo. Lo guardó todo en cajas en el fondo del armario. Quitó las fotografías de las paredes, todo lo que recordaba a la danza desapareció de su vida. Nunca supo qué pasó el gran día, ni quién bailó en su lugar.

Hasta ayer. Pasó por delante del Gran Teatro, donde tuvo lugar la gran representación que la hubiera llevado a la fama. Durante años lo evitó, pero ayer, como por arte de magia, olvidó su presencia y se encontró mirando entre las rejas que impedían la entrada. Estaba cerrado, definitivamente. Por qué ahora, por qué jamás.

Por primera vez, después de tantos años, Holly sacó las cajas del fondo del armario y las abrió. Habían pasado tantas cosas... Las zapatillas de puntas. Su vida había trascurrido sin la danza, y había sido más o menos feliz, pensó.  Las últimas medias. No podía quejarse. El maillot rojo. Hasta ayer, cuando una lágrima cayó de sus ojos, seguida por otra, y por otra. Las anitas del moño. Había pasado tanto tiempo...  Fotografías de ella bailando. Se juró a si misma que nunca más volvería a  abrir esas cajas, por su propio bien. A veces es mejor que los recuerdos permanezcan en el olvido. Pero continuó guardándolas.

Hasta que un día, una niña pequeña y curiosa, jugando al escondite, se escurrió hasta el fondo del armario de su abuela. Entre ropa, bolsos y zapatos descubrió unas cajas impecables. Las abrió. Se quedó fascinada por un maillot rojo. Hizo una bola con el y lo ocultó debajo de su camiseta. Mamá, quiero hacer ballet. Y acudió a su primera clase con un maillot rojo que le iba como un guante. Esa niñita tuvo su gran debut y el público aplaudió. Esa niñita se subió a los escenarios de medio mundo y recibió grandes alabanzas. Esa niñita siempre llebava un maillot rojo diminuto consigo, pues era su amuleto. Pero la abuela jamás lo vio, el tiempo no perdona. Y los recuerdos que la abuela pensó haber enterrado para siempre salieron a la luz con fuerza, con la fuerza de una niñita y un maillot rojo, y viajaron por medio mundo, y se subieron a los mejores escenarios. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos para decidir lo que quedará de nosotros?

miércoles, 12 de mayo de 2010

Por qué las mujeres aman los zapatos



Ante la dificultad masculina por entender por qué a las mujeres les chiflan los zapatos y son capaces de gastarse una fortuna en una pieza que probablemente pase más tiempo dentro del armario que no en los pies, Holly ha llegado a las siguientes conclusiones sobre el amor hacia los zapatos:
Justificar a ambos lados
1. Los zapatos son más faciles de probar, basta con descalzarse, ponerse los que se quieren comprar (a veces con uno solo basta) y desfilar un poco por la tienda. No hace falta quitarse la ropa, que en invierno da muchísima pereza...

2. Los zapatos tienen talla, pero ésta no tiene que ver con el ancho del cuerpo femenino. Si el zapato es demasiado pequeño o demasiado grande, la mujer no se deprime. Es importante tener en cuenta que no existen ni XS ni S ni M ni todos esos rollos que la publicidad nos ha metido en la cabeza.

3. Los zapatos de tacón estilizan el cuerpo de la mujer, lo que supone verse más alta y más delgada, aunque las medidas no sean precisamente de top model, de modo que sea como sea, la futura compradora se verá favocerida.

4. Hay zapatos de marca igualmente, o sea, que se puede ser pija solamente con zapatos.

5. La mujer siempre sale satisfecha después de comprar zapatos. Eso implica que no habrá depresión post-compras-en-Zara, es decir, en tiendas con tallajes para niñas o para anoréxicas, sino que la mujer se sentira feliz y realizada y no tendrá la necesidad de recurrir a la nevera a hartarse de helado porque se siente fea, ni a la nutella, ni al cola-cao ni otros productos grasientos que compensan un estado de ánimo bajo.

6. Los hombres -aunque sea indirectamente- también aprecian los zapatos en la mujer. Puede que piensen que su amiga, novia o compañera no haya elegido bien la ropa hoy, pues el jersey le va muy apretado o los pantalones no le dejan un culo bonito. En cambio, los zapatos siempre favorecen. Solamente en el color puede que el hombre tenga quejas... Pero ahí juego el buen gusto de cada uno.

Por todos eso motivos y otros que ahora no cree adecuado mencionar, Holly se ha comprado unos zapatos bien altos que le van como un guante y con los que se siente segura cuando sale a la calle. Quizás escribe para limpiar su conciencia después de pagarlos...

viernes, 7 de mayo de 2010

La felicidad en un gesto


Vivimos en un mundo difícil. Desde pequeñitos nos insisten en que debemos considerarnos afortunados. Afortunados por haber nacido donde hemos nacido, por tener acceso a la educación y no tener que trabajar para ayudar en casa, por vivir en la sociedad de la información, una sociedad virtual que se esfuerza por borrar fronteras -virtuales-. ¡Cuántas veces habremos oído de nuestros mayores lo difícil que fue vivir antaño!

De acuerdo, sintámonos afortunados. Sin embargo, últimamente me da por fijarme más en la gente que me rodea. Siempre he sido una persona curiosa, de las que se emboban en cualquier medio de transporte, en un banco en la calle, mirando la gente que sube y baja, que va y viene. Pero ahora analizo más. Y mucho a mi pesar me he dado cuenta de que la gente feliz puede contarse con los dedos de las manos, siendo generosos, añadiendo los de los pies. En cualquier caso, un porcentaje demasiado bajo.

Mucho hemos oído, leído e incluso hablado sobre la felicidad. Lo que muchos buscan y pocos alcanzan, de lo que muchos predigan y pocos conocen. Quizás aquellos que más se esfuerzan en buscar la felicidad son los más infelices. ¿Puede ser alguien realmente tan inocente de pensar que un gran coche, una casa con jardín -de propiedad, por burbuja inmobiliaria que no quede-, un perro que le traiga el periódico los domingos, dos niños ejemplares y una mujer -u hombre- modelo, es un sinónimo perfecto de felicidad?

La felicidad no se encuentra en grandes cosas, a veces basta un gesto. En un mundo virtualizado, internacional, multitudinario, material, ¿qué ha sido del gesto, a dónde fue? Quizás otras culturas trabajen más duro, quizás antes no se viajaba tanto, pero el gesto no se perdió, perdura. Busquemos ese gesto -humano- y vivamos, más y más felices.

Sobre Holly Hübsch



Hace tiempo ya que Holly Hübsch barajaba la idea de tener su propio blog. Ya sea por pereza, ya sea por falta de tiempo, hasta hoy no se decidió. Holly es abierta, vital, sin prejuicios y con ganas de aprender. Le gusta escribir, no le importa el tema. No tiene edad, pues qué más da. Se siente joven y fresca. Es deportista, es intelectual, es inocente y sencilla. A veces es compleja. A veces tiene miedo y se siente perdida, otras está muy cansada y se siente sola. Le gusta su vida, su trabajo, sus amigos. Se preocupa por ellos, por su familia, por si misma, por el mundo. Algún día le gustaría cambiar algo. Es idealista y cree de verdad que cada granito de arena cuenta. Le encanta viajar y conocer gente, intercambiar impresiones, experiencias.

Holly es una mujer moderna, virtual pero real. No tiene temas fijos, le gusta escribir y con eso le basta. Le interesa la política, la cultura, la música, la política, los viajes, la moda, la literatura. Le encanta la vida, se muere por vivir. A veces es contradictoria, como cualquier otra mujer. Holly sabe que, aunque a veces se sienta incomprendida, hay muchas personas como ella, que luchan a diario. Porque vivir es muy bello, pero no es fácil.