Desde que empecé a tener móvil, y de esto hará ya unos 7 u 8 años, siempre he sido fiel a la misma compañía. Para evitar nombres, llamemos a esta multinacional -la más grande e influyente en telefonía móvil a nivel nacional- Compañía A. Pues bien, tuve mis primeras relaciones con la Compañía A mediante una tarjeta de prepago y un móvil atado a esa compañía. Ante la incomodidad de quedarme sin saldo en el momento menos oportuno, decidí cambiarme a contrato. Y así fue. En octubre de 2007 firmé un contrato con la Compañía A, con una tarifa reducida de las cinco de la tarde a las siete de la mañana y un móvil de regalo, también atado a la Compañía A, claro está. Sin olvidar, por supuesto, un consumo mínimo mensual de 9 euros que se me descontaría automáticamente fuese cual fuese mi consumo. Me fui a mi casa contenta con mi nueva ganga telefónica, con el contrato bajo el brazo y con la intención de leerlo con calma tumbada en el sofá. Al igual que el 98% de la población, no lo hice. No me leí la letra pequeña confiando en la buena voluntad de la Compañía A y su interés por prestarme el mejor servicio.
Pasaron los años y nunca cambié el contrato. Un día vi que mis facturas eran demasiado altas, pues llegó un momento en el que llamaba indistintamente por la mañana y por la tarde. Eso sí, con una diferencia de que por la mañana cada minuto costaba 30 ct más IVA, mientras que por la tarde se reducía a 8 ct el minuto más IVA (cabe decir que en la web de la Compañía A no se indica que las tarifas son sin IVA, ¡viva la información al consumidor!). Y yo me pregunto: ¿No tiene el mismo valor un minuto matutino de mi vida que un minuto por la tarde de mi misma vida?
Ya sea por vagancia, ya sea porque estaba viviendo en el extranjero, no me decidí a informarme sobre otras posibilidades más económicas. Hasta que un día vi que durante dos meses, la Compañía A me había cobrado el consumo mínimo de 9 euros MÁS mi consumo del mes, que no sobrepasó los 5 euros en ningún caso. Pensé que se trataba de un error, pues el consumo hecho debería formar parte de estos 9 euros. Llamé a atención al consumidor. Expliqué la situación. El operador, con malas maneras, me dijo que la Compañía A no cobraba nada que no debiese. Insistí. Me respondió que este consumo mínimo no se aplicaba a llamadas internacionales ni a mensajes, ni nacionales ni internacionales. Lo gracioso es que a mí nadie me informó de estas condiciones. El operador añadió brillantemente entonces que para solucionar el problema tenía que dirigirme al lugar donde había realizado el contrato. Bien, resulta que me encuentro a unos mil quilómetros de esa tienda. Contestó que él no podía hacer nada y que ésa era la única solución que podía darme. Muchas gracias, muy amable. Espero que la Compañía A le time también a usted y le pague, por ejemplo, un 50% menos. Lo deseo de todo corazón.
Hasta aquí hemos llegado. Dado que mi anterior móvil atado a la Compañía A duró lo poco que duró, decidí comprarme uno por mi cuenta, libre, porque la verdad es que el logotipo de la Compañía A en el dorso y en el reverso del aparatito me molestaba bastante. Pues bien, empecé a informarme de otras compañías e hice el salto a la Compañía B mediante lo que se llama una portabilidad, esto es, mantener el número de teléfono, pagando las tasas de gestión debidas. Al día siguiente de iniciar este proceso, la Compañía A me llamó cuatro veces hasta que cogí el teléfono. Querían saber por qué abandonaba dicha compañía, cuando ellos ofrecían las mejores tarifas en el mercado (mentira, cualquier persona en su sano juicio con un catálogo de compañías telefónicas en mano verá que es, precisamente, la más cara). Expliqué de nuevo mi odisea al operador, que no tenía muchas cualidades de operador, la verdad sea dicha, pues después de cada palabra seguía una pausa de unos tres segundos.
Entonces el mundo cambió de color y todo se transformó en rosa bajo el paraguas de la Compañía A. Me ofrecieron una tarifa plana de 8 ct minuto todo el día, me regalaban todos los móviles posibles, prometieron aplicarme un descuento del 50% en todas las facturas durante un año, harían una excepción y me permitirían no computar consumo mínimo mensual (el operador reconoció que la Compañía A me había cobrado los 9 euros por la cara y quería ahora recompensarme). Me pareció grosero. Le pregunté al operador, muy amablemente, por qué no ofrecían estas tarifas en su catálogo, o en internet, o donde sea que se anuncien. Se quedó callado y me respondió que ellos siempre ofrecían las mejores tarifas. Le dije que muchas gracias pero no, demasiado tarde. Me dio a entender que yo no era muy inteligente porque aunque la Compañía B tuviera tarifas más económicas, con el descuento que me ofrecía recpueraría el dinero que la Compañía A me había quitado con todo el morro del mundo y que, además, saldría ganando. Me pareció doblemente grosero. Le di las gracias y colgué.
La Compañía A me provoca malestar en el estómago. No quiero tener nada más que ver con ellos, y menos un contrato por el que me tengan atada cada mes. Mi dinero es mío y lo gasto como me apetece. Si consumo, pago. Si no consumo, no pago. Creo que hasta los niños de primaria verían la lógica de esa actitud. ¿Pagar por no consumir? ¿Me toman el pelo? No gracias. Mañana tiraré mi móvil al retrete.
Pasaron los años y nunca cambié el contrato. Un día vi que mis facturas eran demasiado altas, pues llegó un momento en el que llamaba indistintamente por la mañana y por la tarde. Eso sí, con una diferencia de que por la mañana cada minuto costaba 30 ct más IVA, mientras que por la tarde se reducía a 8 ct el minuto más IVA (cabe decir que en la web de la Compañía A no se indica que las tarifas son sin IVA, ¡viva la información al consumidor!). Y yo me pregunto: ¿No tiene el mismo valor un minuto matutino de mi vida que un minuto por la tarde de mi misma vida?
Ya sea por vagancia, ya sea porque estaba viviendo en el extranjero, no me decidí a informarme sobre otras posibilidades más económicas. Hasta que un día vi que durante dos meses, la Compañía A me había cobrado el consumo mínimo de 9 euros MÁS mi consumo del mes, que no sobrepasó los 5 euros en ningún caso. Pensé que se trataba de un error, pues el consumo hecho debería formar parte de estos 9 euros. Llamé a atención al consumidor. Expliqué la situación. El operador, con malas maneras, me dijo que la Compañía A no cobraba nada que no debiese. Insistí. Me respondió que este consumo mínimo no se aplicaba a llamadas internacionales ni a mensajes, ni nacionales ni internacionales. Lo gracioso es que a mí nadie me informó de estas condiciones. El operador añadió brillantemente entonces que para solucionar el problema tenía que dirigirme al lugar donde había realizado el contrato. Bien, resulta que me encuentro a unos mil quilómetros de esa tienda. Contestó que él no podía hacer nada y que ésa era la única solución que podía darme. Muchas gracias, muy amable. Espero que la Compañía A le time también a usted y le pague, por ejemplo, un 50% menos. Lo deseo de todo corazón.
Hasta aquí hemos llegado. Dado que mi anterior móvil atado a la Compañía A duró lo poco que duró, decidí comprarme uno por mi cuenta, libre, porque la verdad es que el logotipo de la Compañía A en el dorso y en el reverso del aparatito me molestaba bastante. Pues bien, empecé a informarme de otras compañías e hice el salto a la Compañía B mediante lo que se llama una portabilidad, esto es, mantener el número de teléfono, pagando las tasas de gestión debidas. Al día siguiente de iniciar este proceso, la Compañía A me llamó cuatro veces hasta que cogí el teléfono. Querían saber por qué abandonaba dicha compañía, cuando ellos ofrecían las mejores tarifas en el mercado (mentira, cualquier persona en su sano juicio con un catálogo de compañías telefónicas en mano verá que es, precisamente, la más cara). Expliqué de nuevo mi odisea al operador, que no tenía muchas cualidades de operador, la verdad sea dicha, pues después de cada palabra seguía una pausa de unos tres segundos.
Entonces el mundo cambió de color y todo se transformó en rosa bajo el paraguas de la Compañía A. Me ofrecieron una tarifa plana de 8 ct minuto todo el día, me regalaban todos los móviles posibles, prometieron aplicarme un descuento del 50% en todas las facturas durante un año, harían una excepción y me permitirían no computar consumo mínimo mensual (el operador reconoció que la Compañía A me había cobrado los 9 euros por la cara y quería ahora recompensarme). Me pareció grosero. Le pregunté al operador, muy amablemente, por qué no ofrecían estas tarifas en su catálogo, o en internet, o donde sea que se anuncien. Se quedó callado y me respondió que ellos siempre ofrecían las mejores tarifas. Le dije que muchas gracias pero no, demasiado tarde. Me dio a entender que yo no era muy inteligente porque aunque la Compañía B tuviera tarifas más económicas, con el descuento que me ofrecía recpueraría el dinero que la Compañía A me había quitado con todo el morro del mundo y que, además, saldría ganando. Me pareció doblemente grosero. Le di las gracias y colgué.
La Compañía A me provoca malestar en el estómago. No quiero tener nada más que ver con ellos, y menos un contrato por el que me tengan atada cada mes. Mi dinero es mío y lo gasto como me apetece. Si consumo, pago. Si no consumo, no pago. Creo que hasta los niños de primaria verían la lógica de esa actitud. ¿Pagar por no consumir? ¿Me toman el pelo? No gracias. Mañana tiraré mi móvil al retrete.
qué gustazo, tirar de la cadena con el móvil de la cia A
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