Esto es una oda a los rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo lo son porque no son como los demás, tienen algo que les distingue. Este algo no se traduce en prendas de ropa ultramodernas o megaanticuadas, ni en un tinte de color rosa o en un flequillo negro aplastado en la frente. Tampoco en orejas llenas de agujeros, ni en pieles dibujadas y pintadas, ni en gafas sobredimensionadas que incluso mi abuela decició jubilar en su debido momento. Este algo no se traduce en pantalones bajos hasta las rodillas, ni en gorras demasiado pequeñas que dan ganas de aplastarlas en la cabeza de su propietario. Ni en medias rotas de colores o de rejilla. Ni en camisetas desgarradas, demasiado estrechas o demasiado anchas. No. Este algo no se puede tocar con las manos.
Los rebeldes del mundo pasan desapercibidos por su apariencia, pero no por sus actos. Actos cotidianos y diarios, a veces inapreciables o sin importancia para el resto de mortales, pero valorados por otros rebeldes del mundo. Los rebeldes del mundo no se conforman con lo primero que se les da, ni siguen con agrado normas ajenas. No salen en televisión, ni en la prensa. Pero no nos dejemos confundir: los rebeldes del mundo no actúan con violencia. Para ellos, la rebeldía es supervivencia, pues sin ella, no serían rebeldes del mundo. Se convertirían en simples mortales y muchos no lo soportarían. Rebeldía para ellos significa seguir sus propios principios.
Un rebelde del mundo tira su basura en la paperera, no en el suelo. En la estación, cede su plaza a otra persona que lo necesita más. En el restaurante, no es tiquis-miquis, ni fuma en la cara de los que comen a su lado. No escucha su música a toda leche en el metro ni en el bus. Respeta a sus mayores y al resto de mortales, sin pensar de dónde vienen y adónde van, ni si tienen más o menos que él, le importa bien poco el poder de los demás. El rebelde del mundo se preocupa por el mundo, el suyo, y sigue la actualidad, la suya. Le gusta saber dónde se mueve, quiere cambiar injusticias. Se irrita con declaraciones políticas a favor de la igualdad predicadas por aquellos que acumulan más poder que un país entero. A un rebelde del mundo le invade la ira cuando se entera de trapicheos bancarios, estafas y amiguismos políticos y empresariales.
El rebelde del mundo no intenta convencer a los demás de que su opinión es la más acertada y respeta la de los demás porque siempre está dispuesto a aprender. Si posee un cargo laboral, nunca sobreexplota a sus trabajadores porque le parecen personas iguales que él. No hace al otro lo que no quisiera para él. Si trabaja para otros, no permite abusos y se involucra para mejorar su situación y la de sus compañeros. No gasta más de lo que gana o de lo que tiene, evita hipotecas a 60 años., pues sabe que la vida está para disfrutarla. Puede tener sus caprichos, pero no le gusta acumular cosas. Al fin y al cabo, las cosas son materiales y el rebelde del mundo valora, por encima de todo, las relaciones personales, ya sean familiaries, amorosas, de amistad, de altruismo. Por la misma razón, pasa de marcas y de modas pasajeras, y no por ello descuida a su persona. El rebelde del mundo sabe que con una sonrisa, un "gracias", un "buenos días", un "te echaba de menos", un "te quiero" puede cambiar el día de una persona. Por eso lo dice cuando lo siente, para no arrepentirse de no haberlo hecho antes.
Muchos rebeldes del mundo aún no saben que lo son porque consideran que sus actos son los que harían el resto de mortales. Aunque en el fondo sabe que no es así. El rebelde del mundo, cuando tiene que autodescribirse, destaca como cualidad su sentido común. Un sentido tan común que solo algunos agraciados tienen la suerte de tener. ¡Rebeldes del mundo, expandid vuestro sentido común!

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