Holly no se tiende en pie. Le duele la cabeza, siente los pómulos y a nariz hinchados, le duele la garganta cada vez que traga saliva. Ha sido un día duro, como tantos otros. La vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo. Se siente apagada bajo el cielo gris, el calor y la humedad la aprietan demasiado. Tiene todas las ventanas abiertas, pero el aire le sigue pareciendo poco. Se pregunta si le pasará algo grave. La soledad es traicionera y nos regala pensamientos oscuros. En el fondo, Holly sabe que no tiene nada, que son síntomas absolutamente normales después de un día trabajando bajo el sol. Le gusta lo que hace, pues se adapta bastante bien y siempre encuentra algo donde agarrarse para justificar sus actividades. Sus síntomas son absolutamente normales de una persona a la que le gustaría hacer cosas diferentes a las que se encuentra haciendo. Pero la vida no es de color de rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.
Se siente cansada, agotada, con ganas de tumbarse y no levantarse en dos días seguidos. De perrear sin parar. Sin embargo, no puede. Su propia fatiga se lo impide. Algo en Holly sigue a la expectativa, un algo listo para reaccionar, para saltar en cualquier momento. Este algo la agota. Es un círculo vicioso, pues su cansancio le impide descansar, su cansancio la mantiene en estado de alerta. Es agotador. Pero la vida no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.
Piensa en mañana, en pasado, en el otro. Días y días de actividad, del mismo cansancio que no le deja levantar cabeza. Piensa en cómo le gustaría quedarse en la cama cuando suena el despertador. Y por qué no, en qué placer le resultaría tirar el despertador por el balcón, para que no sonara nunca más. Piensa en lo cansada, agotada, exprimida y desvalida que estará por la tarde noche. En cómo quisiera salir a airearse, pero es que hasta su alma le pesa. En cómo añora encontrarse con sus amigos y charlar durante horas sobre la vida misma, que no es de color de rosa, lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.
Holly se da cuenta de que a pesar de su estado, hay algo que la mantiene viva. Algo en ella la impulsa a levantarse cada día y a salir a delante, a pesar de que sabe perfectamente que después lo lamentará. Cada día le aguarda un regalo, por pequeño que sea. A veces es una sonrisa. Otras es un abrazo. Otros días son unas risas en buena compañía. A veces le basta con que salga el sol. Pero lo mejor es conversar. Tiene un buen interlocutor. Puede pasar horas y horas contándole banalidades, contándole qué tal fue su día, explicándole anécdotas que ya le ha explicado otras veces. Pero su buen interlocutor la escucha y se ríe cada vez como si fuera la primera vez. Porque le gusta Holly. Y a Holly le gusta su buen interlocutor. Le quita el cansancio, el dolor de cabeza, la nube gris sobre su cabeza. Y es que en este mundo, no hay nada como un buen interlocutor. Así la vida es un poco más rosa. Lo sabe Holly y lo sabe todo el mundo.

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