Holly entra en el portal de su casa. Pasa por delante del gran espejo que hay en la entrada, se mira de forma casi institiva en un acto casi reflejo. Se para delante de los buzones. Abre el suyo. No hay nada interesante para Holly Hübsch. Publicidad. Pocas veces recibe correspondencia. Pero cuando le llega una carta o una postal, siempre son interesantes. Las cartas, porque significa que alguien tiene algo importante que decirle. Que alguien, que pudiendo usar toda la tecnología disponible, prefiere confiar en el correo postal. Holly es de las que piensan que hay cosas que solamente pueden decirse por carta, como por ejemplo, los olores. Ella siempre perfuma sus cartas con olores diferentes, dependiendo de cómo se sienta aquel día. Vainilla, mandarina, pintauñas, madera, canela, camomila, jabón. Cada estado de ánimo tiene un olor. Las postales son interesantes porque significa que alguien ha pensado en ella en un lugar concreto del mundo. Le gusta pensar que alguien se acuerda de ella cuando está fuera de su casa. Significa que, sea del modo que sea, la echa de menos, y que le gustaría compartir un pedazo de este lugar especial con ella.
Hoy Holly, al sacar de su buzón los folletos de pizzerias, restaurantes hindús y cerrajeros exprés, no puede esconder una mueca de tristeza. Más que tristeza, quizás sea decepción. No sabe bien por qué, pues no conoce a nadie que ahora mismo esté de viaje y quiera acordarse de ella. Ni ha escrito cartas últimamente, así que tampoco espera respuestas. Sin embargo, cada día, cuando introduce la llave en el pequeño cerrajero del buzón, mantiene una pizca de esperanza. Quién sabe, a lo mejor alguien quiere sorprenderla. O decirle algo. O mandarle un olor.
Cierra su compartimento y levanta la vista. Hay una carta depositada encima de la caja de los buzones. La coge. No es para ella. No es para nadie de la escalera. Quizás para alguien que vivió allí hace tiempo. Holly no conoce el destinatario. Sin embargo, no es una carta interesante. No es de colores y no está escrita a mano. Es de un partido político, seguramente para algún afiliado. La deposita en el buzón del cartero y se da cuenta de que está abierto, de que no hace falta llave para introducir la mano. Curiosea el compartimento del cartero. Se pregunta si el cartero realmente abre su buzón y recoge las cartas desviadas para llevarlas a buen puerto. Hay algunos sobres dentro. Los saca lentamente. Son cartas no interesantes. No hay postales. Que decepción, esperaba encontrar algo que le alegrara el día. Pero, ¡espera! Entre un fajo de sobres rectangulares blancos con logotipos en el reverso y destinatarios con letras de ordenador, sobresale un sobre verde, más cuadrado que el resto. El nombre del destinatario, un hombre, está escrito en tinta azul, en letra redonda y perfectamente legible. Letra de mujer. Holly corrobora su afirmación al mirar el remitente. Mde. Lenaurd. Rue des Cotonniers, 36. Marseille. France.
Sin pensarlo, acerca el sobre a su nariz. ¡Sí! Justo lo que había pensado. Huele. No saber decir de qué proviene ese olor exactamente, pero sabe que es dulce, es suave, es rosa con un poco de verde. Coge la carta y la guarda en el bolso. Sabe que no está bien leer la correspondencia de otro, pero no ha podido resistirse. El olor de una carta determina su contenido. Al fin y al cabo, los olores se expresan en palabras.

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