Holly tenía un sueño: convertirse en bailarina. Las primeras zapatillas de ballet se las compraron a los 2 años, se llevó la talla más pequeña en la tienda. Luego unas medias rosas y un maillot rojo. Se subió al escenario a los tres, contenta con su atuendo y moviéndose al son de la música. Apenas se acuerda de ese día hoy tan lejano, pero quedan fotografías y las contempla con deleito, pensando en lo feliz que se sentía en el escenario.
Al maillot rojo le siguió uno de rosa, después uno morado, otro blanco de tirante fino, cada uno una talla más grande que el anterior. También tuvo que cambiar las bailarinas, y las medias, que se le rompían a menudo. Claro, cada maillot iba con un tutú diferente. Largos hasta la rodilla y tutús de plato, de dos, tres y cuatro capas, de diferentes tejidos y texturas. La larga melena castaña recogida en un moño impecable, ni un pelo fuera de su lugar, todos y cada uno sujetos por las mil anitas introducidas minuciosamente sin entrecruzarse.
En un momento dado llegaron las puntas. Zapatillas con madera en la punta, muy rígidas y duras, con dos largas cintas rosas que se ataban en el tobillo, una por encima de la otra en diagonal. La puntera bien metida, algodón para no dañar tanto los dedos. Pero el dolor no le importaba a Holly. Se calzaba las zapatillas en casa y aprovechaba cada momento para acostumbrar sus pies a aquella rigidez, para domar la madera y entrenar el empeine. Tenía un buen pie, el puente marcado le permitía sacar más empeine que el resto.
Esta niña puede llegar lejos, dijo la profesora al poco de conocerla. Si te gusta, quizás puedas dedicarte a la danza, añadió un par de años después. Trabaja más duro y te ayudaré a saltar al escenario, concluyó años más tarde. Holly siempre trabajó duro. Esanyaba en casa, delante del espejo de la entrada, piruet, doble piruet, triple. Si algo no le salía, lo intentaba hasta conseguirlo. No le importaba la sangre entre los dedos al descalzarse las puntas. Todos pensaban que lo lograría.
No fue así. Holly se levantó un día y quiso ponerse las zapatillas. Pero no pudo. Le dolían solo con verlas. Se miró los pies y por primera vez, se dio cuenta de la carnicería. No quiso hacerse el moño, le gustaba más su melena al viento, en libertad. A la mierda las zapatillas. Y las medias, y el maillot, y todo lo que tenía. Porque lo único que tenía era la danza. Aquel día no fue al ensayo para el gran espectáculo. Ni el siguiente. Su mentora la llamó, ella no contestó. Tampoco fue el día del espectáculo, habría sido la primera bailarina. Había rumores de que irían representantes de las mejores compañías de danza del mundo. Lo guardó todo en cajas en el fondo del armario. Quitó las fotografías de las paredes, todo lo que recordaba a la danza desapareció de su vida. Nunca supo qué pasó el gran día, ni quién bailó en su lugar.
Hasta ayer. Pasó por delante del Gran Teatro, donde tuvo lugar la gran representación que la hubiera llevado a la fama. Durante años lo evitó, pero ayer, como por arte de magia, olvidó su presencia y se encontró mirando entre las rejas que impedían la entrada. Estaba cerrado, definitivamente. Por qué ahora, por qué jamás.
Por primera vez, después de tantos años, Holly sacó las cajas del fondo del armario y las abrió. Habían pasado tantas cosas... Las zapatillas de puntas. Su vida había trascurrido sin la danza, y había sido más o menos feliz, pensó. Las últimas medias. No podía quejarse. El maillot rojo. Hasta ayer, cuando una lágrima cayó de sus ojos, seguida por otra, y por otra. Las anitas del moño. Había pasado tanto tiempo... Fotografías de ella bailando. Se juró a si misma que nunca más volvería a abrir esas cajas, por su propio bien. A veces es mejor que los recuerdos permanezcan en el olvido. Pero continuó guardándolas.
Hasta que un día, una niña pequeña y curiosa, jugando al escondite, se escurrió hasta el fondo del armario de su abuela. Entre ropa, bolsos y zapatos descubrió unas cajas impecables. Las abrió. Se quedó fascinada por un maillot rojo. Hizo una bola con el y lo ocultó debajo de su camiseta. Mamá, quiero hacer ballet. Y acudió a su primera clase con un maillot rojo que le iba como un guante. Esa niñita tuvo su gran debut y el público aplaudió. Esa niñita se subió a los escenarios de medio mundo y recibió grandes alabanzas. Esa niñita siempre llebava un maillot rojo diminuto consigo, pues era su amuleto. Pero la abuela jamás lo vio, el tiempo no perdona. Y los recuerdos que la abuela pensó haber enterrado para siempre salieron a la luz con fuerza, con la fuerza de una niñita y un maillot rojo, y viajaron por medio mundo, y se subieron a los mejores escenarios. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos para decidir lo que quedará de nosotros?
Al maillot rojo le siguió uno de rosa, después uno morado, otro blanco de tirante fino, cada uno una talla más grande que el anterior. También tuvo que cambiar las bailarinas, y las medias, que se le rompían a menudo. Claro, cada maillot iba con un tutú diferente. Largos hasta la rodilla y tutús de plato, de dos, tres y cuatro capas, de diferentes tejidos y texturas. La larga melena castaña recogida en un moño impecable, ni un pelo fuera de su lugar, todos y cada uno sujetos por las mil anitas introducidas minuciosamente sin entrecruzarse.
En un momento dado llegaron las puntas. Zapatillas con madera en la punta, muy rígidas y duras, con dos largas cintas rosas que se ataban en el tobillo, una por encima de la otra en diagonal. La puntera bien metida, algodón para no dañar tanto los dedos. Pero el dolor no le importaba a Holly. Se calzaba las zapatillas en casa y aprovechaba cada momento para acostumbrar sus pies a aquella rigidez, para domar la madera y entrenar el empeine. Tenía un buen pie, el puente marcado le permitía sacar más empeine que el resto. Esta niña puede llegar lejos, dijo la profesora al poco de conocerla. Si te gusta, quizás puedas dedicarte a la danza, añadió un par de años después. Trabaja más duro y te ayudaré a saltar al escenario, concluyó años más tarde. Holly siempre trabajó duro. Esanyaba en casa, delante del espejo de la entrada, piruet, doble piruet, triple. Si algo no le salía, lo intentaba hasta conseguirlo. No le importaba la sangre entre los dedos al descalzarse las puntas. Todos pensaban que lo lograría.
No fue así. Holly se levantó un día y quiso ponerse las zapatillas. Pero no pudo. Le dolían solo con verlas. Se miró los pies y por primera vez, se dio cuenta de la carnicería. No quiso hacerse el moño, le gustaba más su melena al viento, en libertad. A la mierda las zapatillas. Y las medias, y el maillot, y todo lo que tenía. Porque lo único que tenía era la danza. Aquel día no fue al ensayo para el gran espectáculo. Ni el siguiente. Su mentora la llamó, ella no contestó. Tampoco fue el día del espectáculo, habría sido la primera bailarina. Había rumores de que irían representantes de las mejores compañías de danza del mundo. Lo guardó todo en cajas en el fondo del armario. Quitó las fotografías de las paredes, todo lo que recordaba a la danza desapareció de su vida. Nunca supo qué pasó el gran día, ni quién bailó en su lugar.
Hasta ayer. Pasó por delante del Gran Teatro, donde tuvo lugar la gran representación que la hubiera llevado a la fama. Durante años lo evitó, pero ayer, como por arte de magia, olvidó su presencia y se encontró mirando entre las rejas que impedían la entrada. Estaba cerrado, definitivamente. Por qué ahora, por qué jamás.
Por primera vez, después de tantos años, Holly sacó las cajas del fondo del armario y las abrió. Habían pasado tantas cosas... Las zapatillas de puntas. Su vida había trascurrido sin la danza, y había sido más o menos feliz, pensó. Las últimas medias. No podía quejarse. El maillot rojo. Hasta ayer, cuando una lágrima cayó de sus ojos, seguida por otra, y por otra. Las anitas del moño. Había pasado tanto tiempo... Fotografías de ella bailando. Se juró a si misma que nunca más volvería a abrir esas cajas, por su propio bien. A veces es mejor que los recuerdos permanezcan en el olvido. Pero continuó guardándolas.
Hasta que un día, una niña pequeña y curiosa, jugando al escondite, se escurrió hasta el fondo del armario de su abuela. Entre ropa, bolsos y zapatos descubrió unas cajas impecables. Las abrió. Se quedó fascinada por un maillot rojo. Hizo una bola con el y lo ocultó debajo de su camiseta. Mamá, quiero hacer ballet. Y acudió a su primera clase con un maillot rojo que le iba como un guante. Esa niñita tuvo su gran debut y el público aplaudió. Esa niñita se subió a los escenarios de medio mundo y recibió grandes alabanzas. Esa niñita siempre llebava un maillot rojo diminuto consigo, pues era su amuleto. Pero la abuela jamás lo vio, el tiempo no perdona. Y los recuerdos que la abuela pensó haber enterrado para siempre salieron a la luz con fuerza, con la fuerza de una niñita y un maillot rojo, y viajaron por medio mundo, y se subieron a los mejores escenarios. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos para decidir lo que quedará de nosotros?
El vestido rojo de Olokuti, qué bonito!!!
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