
Vivimos en un mundo difícil. Desde pequeñitos nos insisten en que debemos considerarnos afortunados. Afortunados por haber nacido donde hemos nacido, por tener acceso a la educación y no tener que trabajar para ayudar en casa, por vivir en la sociedad de la información, una sociedad virtual que se esfuerza por borrar fronteras -virtuales-. ¡Cuántas veces habremos oído de nuestros mayores lo difícil que fue vivir antaño!
De acuerdo, sintámonos afortunados. Sin embargo, últimamente me da por fijarme más en la gente que me rodea. Siempre he sido una persona curiosa, de las que se emboban en cualquier medio de transporte, en un banco en la calle, mirando la gente que sube y baja, que va y viene. Pero ahora analizo más. Y mucho a mi pesar me he dado cuenta de que la gente feliz puede contarse con los dedos de las manos, siendo generosos, añadiendo los de los pies. En cualquier caso, un porcentaje demasiado bajo.
Mucho hemos oído, leído e incluso hablado sobre la felicidad. Lo que muchos buscan y pocos alcanzan, de lo que muchos predigan y pocos conocen. Quizás aquellos que más se esfuerzan en buscar la felicidad son los más infelices. ¿Puede ser alguien realmente tan inocente de pensar que un gran coche, una casa con jardín -de propiedad, por burbuja inmobiliaria que no quede-, un perro que le traiga el periódico los domingos, dos niños ejemplares y una mujer -u hombre- modelo, es un sinónimo perfecto de felicidad?
La felicidad no se encuentra en grandes cosas, a veces basta un gesto. En un mundo virtualizado, internacional, multitudinario, material, ¿qué ha sido del gesto, a dónde fue? Quizás otras culturas trabajen más duro, quizás antes no se viajaba tanto, pero el gesto no se perdió, perdura. Busquemos ese gesto -humano- y vivamos, más y más felices.
De acuerdo, sintámonos afortunados. Sin embargo, últimamente me da por fijarme más en la gente que me rodea. Siempre he sido una persona curiosa, de las que se emboban en cualquier medio de transporte, en un banco en la calle, mirando la gente que sube y baja, que va y viene. Pero ahora analizo más. Y mucho a mi pesar me he dado cuenta de que la gente feliz puede contarse con los dedos de las manos, siendo generosos, añadiendo los de los pies. En cualquier caso, un porcentaje demasiado bajo.
Mucho hemos oído, leído e incluso hablado sobre la felicidad. Lo que muchos buscan y pocos alcanzan, de lo que muchos predigan y pocos conocen. Quizás aquellos que más se esfuerzan en buscar la felicidad son los más infelices. ¿Puede ser alguien realmente tan inocente de pensar que un gran coche, una casa con jardín -de propiedad, por burbuja inmobiliaria que no quede-, un perro que le traiga el periódico los domingos, dos niños ejemplares y una mujer -u hombre- modelo, es un sinónimo perfecto de felicidad?
La felicidad no se encuentra en grandes cosas, a veces basta un gesto. En un mundo virtualizado, internacional, multitudinario, material, ¿qué ha sido del gesto, a dónde fue? Quizás otras culturas trabajen más duro, quizás antes no se viajaba tanto, pero el gesto no se perdió, perdura. Busquemos ese gesto -humano- y vivamos, más y más felices.
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